miércoles, 4 de junio de 2014

El Rey ha abdicado, Viva la Reypública



Son varias las personas que se han interesado por mi opinión sobre la abdicación del Rey y aquí os dejo esta reflexión abierta.

Un trozo de tierra donde viven muchos millones de personas singulares, cada cual con su pensamiento y forma de ver las cosas, tiene dos posibles caminos: el orden o la anarquía. Soy persona a la que le gusta respetar y que le respeten, me gusta el orden y la armonía en el sentido más amplio de la palabra, y esa armonía creo que sólo se puede conseguir codificando y ajustándonos todos a una serie de reglas que regulen la vida. Esos son los principios básicos de un Estado de Derecho, el que se rige por leyes y normas elaboradas entorno a la norma suprema, la Constitución. 

Dentro de un Estado de Derecho respetar las leyes no es una opción, es una obligación; máxime cuando la norma suprema ha sido refrendada por el pueblo.  La Constitución Española fue ratificada en referéndum el 6 de diciembre de 1978 y en ella dice que España es una monarquía parlamentaria con su sucesión prevista en el artículo 57, que los colores de la bandera son rojo amarillo y rojo y otra serie de cosas preceptivas. Independientemente de mis simpatías a la familia que ocupan la corona, el sentido que tiene la institución monárquica en el s.XXI o si el rojo y el amarillo me favorecen, creo en el orden y la armonía y respeto la Constitución.  En ese sentido, doy la bienvenida al Rey Felipe VI y espero que bajo su mandato a todos nos vaya un poco mejor.

La Constitución Española, como todo en esta vida, es mejorable. Bajo mi punto de vista lo peor que tiene la carta magna es la división de España un estado de autonomías, sería lo primero que modificaría. Tiramos dinero a espuertas en abultadísimas administraciones autonómicas y pesadísimos cuerpos de funcionarios cuando las experiencias políticas de otros países nos demuestran que la unidad no sólo hace la fuerza sino que también optimiza lo económico y social. Desgraciadamente en este país somos muy ombliguistas y exagerados, hay catalanes supercatalanes nada españoles, vascos supervascos nada españoles, y españoles superespañoles igual de nacionalistas que los anteriores. En medio de todos ellos estamos los templados, los que somos españoles porque nuestras madres nos parieron aquí y nos rige ese bello refrán que dice que uno no es de donde nace sino de donde pace.

Ideológicamente me siento más próximo a los ideales de la República. La monarquía “de origen divino” y cuyo relevo se apoya en la genética es algo que en el s.XXI huele un poco a rancio. No es que con un presidente de la República fuéremos a estar mucho mejor, creo que seguiríamos exactamente igual, pero al menos el Jefe del Estado sería elegido por el pueblo, algo más acorde con un país que se autoproclama democrático. El actual Jefe del Estado está donde está por merced de la descendencia del Rey Luis XIV de Francia, “rey Sol” puesto ahí según él por orden divina; y por merced del dictador Francisco Franco, quien volcó en Don Juan Carlos sus aspiraciones de continuidad dictatorial. Afortunadamente éste giró valerosamente el timón. ¿Cambiaría ese apartado de la Constitución? Pues psí, pero realmente no creo que sea algo imprescindible en estos momentos, nos acucian problemas peores, el problema del paro o el de las autonomías por ejemplo lo veo más relevante. Si de mí dependiera iniciaría un dialogo multilateral para intentar caminar ordenadamente hacia la unidad y disolver la rueda de molino que España tiene atada al cuello con esa memez de las autonomías.

En España ya hubo 2 ensayos fallidos de República, la segunda y más reciente abortada por el alzamiento militar en una parte de España y la declaración de la revolución socialista en la otra en 1936. La II República surgió mediatizada por las consecuencias de la crisis económica mundial de 1929, el auge de los fascismos en Europa y una alarmante impaciencia por construir y deconstruir atropelladamente en reacción a los años de dictadura de Manuel Primo de Rivera y el aquiescente reinado de Alfonso XIII. Esta II República Española no es ni por asomo extrapolable a la España de 2014, ni para lo bueno ni para lo malo. Eso sí, tengo que reconocer que estéticamente la bandera de la República me parece mucho más bonita que la actual. 

Las manifestaciones republicanas con ocasión de la abdicación de Don Juan Carlos I están en parte teñidas de populismo alentadas por los resultados de las recientes elecciones al parlamento europeo. La profunda crisis económica que atraviesa España ha hecho que el bipartidismo pierda comba, el pueblo se está dando cuenta que PP y PSOE se han alternado en el poder sin conseguir soluciones eficaces a los problemas que nos afectan. Desgraciadamente la alternativa que se vislumbra a ese bipartidismo es bajo mi punto de vista peor que lo que ya tenemos: Izquierda Unida, un partido que 25 años después de la caída del muro sigue enarbolando banderas de Cuba; y Podemos, un engendro populista al más puro estilo Hugo Chávez que debería hacer saltar todas las alarmas a las personas que tienen como costumbre pensar. Salimos de Málaga y nos dirigimos prestos para entrar en Malagón. La izquierda radical globalizada se está abriendo paso provocando la consecuente reacción de la extrema derecha, no hay más que ver los resultados obtenidos en las europeas por partidos como el Frente Nacional Francés de ultraderecha de Marine Le Pen o partidos pronazis como el griego Amanecer Dorado que dan auténtico terror. 

A todo esto, en España flota en el ambiente una errónea asociación de ideas entre izquierda y república. La república es un modo de gobierno, no una ideología. La república puede ser gobernada indistintamente por la izquierda, el centro o la derecha según decidan las urnas. Sin ir más lejos, la muy nombrada e idealizada II República Española fue gobernada durante años por Niceto Alcalá-Zamora, líder de un partido de derechas. Que en las elecciones generales de 2011 casi 11 millones de españoles decidieran que Mariano Rajoy debía ser el presidente del gobierno de España es absolutamente independiente de si el jefe del estado era un rey o un presidente de la república. Guste o no, es lo que ha decidido la mayoría del país y hay que acatar las normas y ser armonioso y democrático.

El idiotismo como forma política de la idiotez campa hoy día a sus anchas por nuestro pobre país. No hizo suficiente daño la Guerra Civil Española como para que 75 años después las ideologías protagonistas sigan tirándose los trastos a la cabeza en lugar de meditar sobre la presunta bondad de esa actitud estúpida. Los líderes de la populista izquierda idiotizada de España pretenden sembrar la semilla del odio en la gente más golpeada por la crisis: los que sufren, los que están en paro, los que pierden sus casas, etc. creando un anticristo: “la derecha que les oprime” a la que se le debe añadir los adjetivos de “fachas”, “nazis”, etc. En reacción, la enranciada derecha idiotizada de España se defiende recuperando adjetivos como “rojos” o añadiendo otros nuevos como “perroflautas”.  El resumen de la situación política para el engrosado subconjunto de españoles mononeuronales es que los fachas gobiernan y los rojos montan el pollo. No señor, no. No seamos tan simplistas, España es una democracia muy joven, no hagamos el imbécil cuando aún no han pasado ni 40 años. Seamos respetuosos, conservemos el orden, las formas, el diálogo y la armonía. Respetemos las leyes y respetémonos a nosotros mismos. Nos irá mejor.

jueves, 15 de mayo de 2014

El convento y la radiactividad occidental



La clave del grave y sonrojado arco de medio punto ya notaba las vibraciones. Cada una de las pisadas que golpeaban suelo laureado producían una sonora onda expansiva que hacía temblar los propios cimientos del convento. Su sola presencia tornaba en silencio la abrasadora estridencia de las chicharras. Ya había llegado.

Desde lejos se intuía su presencia conforme iban desapareciendo las copas de formidables árboles que se arrodillaban capitulando ante su atezada presencia. Los dos hermosos agujeros negros que adornaban su cara se proyectaban en las paredes como oscuros rayos láser que carbonizaban los mejores y más antiguos enlucidos. Tras de sí el pavimento se agrietaba y se precipitaba al abismo fundido del subsuelo. Atila sólo fue un pobre diablo.

La única manera de salir a su encuentro era provisto de un robusto traje tejido con una complicada amalgama de amianto, cerámica y diamante. La protección ocular era sin duda el aspecto más importante que había que cuidar, su extraordinaria energía y su eterna belleza eran capaces de licuar los globos oculares en décimas de segundo. 

Una vez inserto en el traje protector, mi audacia y yo bajamos las escaleras a su encuentro junto a la máquina del café del patio porticado, donde los arcos de medio punto ya la contemplaban reblandecidos y chorreando por los fustes. Cara a cara su radiación asustaba menos que sus profundos ojos negros. El oleaje nocturno de su pelo y su aroma a madera, miel y canela desactivaban todos los mecanismos de defensa del sistema inmune despojando a los tristes seres humanos de su presumible decoro. No existe, ni ha existido, ni existirá ser alguno de la Creación que no se estremezca frente a tan formidable mujer. 

El horrendo café de la máquina y el intercambio de palabras poco a poco van coloreando su aura de tonos azulados y cortantes, y es aquí donde el diamante del traje cobra su sentido pues dicho tono estimula la condensación de cristales de hielo que insertados en la piel la agrietarían lentamente hasta la muerte. Una muerte horrible que podría durar días.

El azul torna en ocre cuando rítmico la observo de espaldas, apoyada y dulce. El mar oscuro de su cabeza se derrama por todo su cuerpo sumergiendo la pequeña estancia en un universo de burbujas y ascuas. El averno se inserta en nuestras pituitarias recordándonos que es un mundo real donde estamos remando de forma ficticia. No tenemos barco, pero tenemos un mar. Por unos instantes nos dibujamos como osados navegantes que dejan atrás la tediosa e intrincada travesía para estallar en el orgasmo de la ignota tierra firme.

El humo del cigarro poco a poco nos devuelve a la realidad de los barcos imaginarios, los arcos fundidos y el traje protector. Desde el cielo baja una bestia de siete cabeza que con siete timbres de voz distintos anuncian la partida de la mujer de fuego. Como un oleaje oscuro la veo alejarse, haciéndose inclinar de nuevo a todos los seres vivos que se cruzan en su camino. El silencio desaparece, las chicharras vuelven a tronar y la soledad del navegante que mira el mar desde tierra firme me ahoga. Recojo las cenizas que ha dejado a su paso y una vez retirado el traje me las froto por mi cuerpo desnudo casi como una plegaria. La campana me hace el vacío en la cabeza, vuelvo a mi sitio y me zambullo de nuevo en el mundo de las cosas que ya no están. 

Espero poder volver verte pronto, mujer radiactiva.

miércoles, 7 de mayo de 2014

El violonchelo y la muerte



Muchos años de estudio y sufrimiento le llevaron a las puertas del anatómico forense, su sueño dorado. En el camino se quedó su fuerza física, su pelo y su salud, pues había contraído una extraña enfermedad que a pesar de la juventud de su vejez le hacía caminar despacio y encorvado. Su anticuada forma de vestir con zapatos raídos, pantalones grisáceos anchos y camisas translúcidas a base plancha no ayudaban al conjunto. Coronaba su cuerpo una diminuta cabeza engalanada con unas enormes gafas, una tez pálida y enfermiza y un cuero cabelludo bien visible por el poquísimo pelo que armoniosamente aterciopelaba su cráneo. La pesada carga de su solitaria vida se aliviaba únicamente con dos cosas: el violonchelo y la idea de poder descifrar las claves de la muerte.

Jose Luis llevaba años teorizando sobre la muerte y sus señales. Él siempre había pensado que todos tenemos un origen: el nacimiento, y un fin: la muerte, luego vivimos acotados por necesidad. Los campos gravitatorios y electromagnéticos nos sitúan en una ventana espacio-temporal de un universo que también tiene un punto de origen: el Big Bang, pero del que desconocemos su fin. Pensaba que relacionando y relativizando los espacios temporales entre el universo y nosotros, entre la vida global y nuestra vida particular, sería capaz de obtener las fechas exactas de caducidad de las cosas en general y de nosotros en particular. Jose Luís buscaba conocer con precisión milimétrica la fecha y hora de la muerte humana.

Las claves parecía habérselas dado un antiquísimo libro de quiromancia que encontró en un mercadillo de segunda mano justo el día que cumplió quince años. Desde entonces vivía obsesionado con la idea de que cuando nacemos, en las líneas de nuestras manos el cosmos sella nuestra entrada en él, nuestro punto de partida, nuestro big-bang personal.  Descifrar e interpretar la línea de la vida era su Santo Grial. No era algo tan simple como que las personas que tienen esa línea más larga viven más y los que la tienen más corta viven menos, había conocido de primera mano gente longeva con líneas de la vida muy cortas al igual que gente que murió joven con líneas de la vida larguísimas.

Y toda esta obsesión fue la que le puso en la senda de la carrera de Medicina. Su objetivo era llegar a ser médico forense, ni más ni menos que para poder contemplar, estudiar y analizar cientos, miles de líneas de las manos de cadáveres como muestras ciertas de sus tesis y sus hipótesis.  Y llegó a una conclusión muchísimo antes de lo que él había pensado, cuando estaba a pocos meses de cumplir los cuarenta años. Fue su tercera hipótesis, algo tan sencillo como relacionar el perímetro de la línea de la vida, su curvatura esférica y la distancia que une la muñeca con la punta del dedo corazón.  Juan Domingo, un panadero que había muerto al caer en la máquina amasadora,  fue la primera persona de la que adivinó su tiempo de vida exacto: 53 años, 5 meses y 3 días.

Excitado, se pasó la siguiente semana sin comer ni dormir, doblando turnos, haciendo autopsias sin parar como tapadera para confirmar su teoría y seguir adivinando tiempos vitales.  Alberto Cottolengo, un italiano que había sido atropellado por un conductor ebrio, tras consultar su registro de nacimiento en Viterbo, vio cómo cuadraba a la perfección su cálculo de 32 años, 11 meses y 29 días con el atestado de la policía. 

Cuando llevaba cuatro días sin dormir no pudo más con la ansiedad y por fin lo hizo. Cogio un pie de rey, midió su línea de la vida, su distancia desde la muñeca hasta el dedo corazón y con un compás extrajo la curvatura de la línea. 39 años, 10 meses y 15 días. Con un sudor frío y el corazón a mil por hora miró el calendario. Su rapidez mental rápidamente obtuvo la fecha: es hoy.  El colapso llegó súbito, la taquicardia fue un exquisito ingrediente a su falta de sueño, alimento y su enfermedad degenerativa. 

Jose Luís fue encontrado por sus compañeros a la mañana siguiente, tumbado en el suelo víctima de un infarto de miocardio. En su mano aún sujetaba el pie de rey. Se llevó su secreto a la tumba junto con sus quince minutos de gloria de los que jamás disfrutó.  

jueves, 20 de marzo de 2014

Rescatad a los mediocres



La RAE nos presenta la definición de deporte como una recreación, un pasatiempo, una diversión, una actividad física ejercida como juego o competición cuya práctica supone entrenamiento y sujeción a normas. Se presupone al deporte como una actividad noble, competitiva, hasta el punto de que el adjetivo “deportivo” es sinónimo de ajuste a las normas, de buenas formas y de corrección.

El sistema educativo español declara como fines de la educación, entre otros, la formación para la paz, la cooperación y la solidaridad entre los pueblos, para lo cual el deporte se erige como un buen instrumento al mismo nivel que la matemática, la lengua o el conocimiento del medio. Hace muchos siglos que Juvenal ya invitaba a practicar con devoción el deporte indagando los aspectos más ocultos de su famosa frase “Mens sana in corpore sano”.


Las casualidades de la vida han querido que hoy, 20 de marzo de 2014, víspera de la vuelta del encuentro de UEFA entre Sevilla y Betis (en la ida el Betis venció en el Sánchez Pizjuán 2 a 0 a los locales), me haya encontrado en la prensa con dos artículos muy relacionados. El primero, la noticia de una pelea  multitudinaria de hasta 40 personas anoche en el barrio de Sevilla Este protagonizada por seguidores del Sevilla y del Betis. Realmente me cuesta entender cómo  seres humanos pueden batirse únicamente por una rivalidad deportiva, precisamente por lo que comentaba antes, porque el adjetivo “deportivo” parece a priori muy alejado de cualquier tipo de violencia.


En segundo lugar me he encontrado un artículo (que reproduzco a continuación) escrito por Jose Félix Machuca y publicado en el diario ABC de Sevilla que tampoco me ha dejado indiferente. Mientras he ido avanzando por este texto los ojos, más allá de girar alucinados han estado a punto de salírseme de las orbitas. Deshonra, estigma, lepra, robo, cetro y cabeza de Holofernes son los palabros que apuntalan el primer párrafo. A continuación se desgrana una diacrónica, surrealista, paranoica y estúpida relación de hechos bélicos de la Historia mezclada con horrísonos términos que realmente no entiendo muy bien qué tienen que ver con el deporte en general o con un encuentro de fútbol en particular: Las V y VI legiones de Roma, el Arrebato, el general Patton, el III Reich, II Guerra Mundial, estiércol,  amargura, soldados heridos, escorpiones, gargantas de lobos, el general Leónidas, Jerjes.


Las aficiones de Sevilla y Betis cuentan entre sus incondicionales con personas íntegras, inteligentes, amantes del fútbol y del deporte que disfrutan con el calor de la victoria de su equipo y, por qué no, con la guasa simpática del adversario cuando en ocasiones toca perder, siempre con una deportiva sonrisa en la cara, porque no olvidan que el deporte, al fin y al cabo, es un juego. Sin embargo, existen otro tipo de personajes de más baja casta a los que poco falta para que se comporten como animales, si no lo son ya de facto. Estos personajillos usan el deporte, en este caso el fútbol, como canalización de su mediocridad desgañitándose en los estadios de fútbol y usando la violencia física o verbal fuera de ellos. 


Lo que incita a una mente débil es la mediocridad y la ignorancia, y el texto de Jose Félix Machuca, de pomposos aires bélicos es una pieza más en el muro de esa ignorancia, de esa parafernalia estrepitosa que emborrona el deporte, esa que me hizo apartarme del mundo del fútbol hace muchos años. Esos 40 chavales que se quieren matar a puñetazos por dos estúpidos escudos tienen su apoyo ideológico en textos e ideas de esta índole. Se rubrica la muerte del fútbol como deporte y su renacimiento como una suerte de onírica poesía violenta para mediocres. Descanse en paz la deportividad.


Rescatad nuestro honor (por Jose Félix Machuca, ABC de Sevilla 20/03/2014)


Tienen miedo a ganar. Les tiemblan las canillas. Les sudan las manos. Sueñan con relojes parados

La deshonra no la lava el jabón. Te tizna la cara y no se va del rostro de tu alma por mucho que te empeñes en ocultarla. Es como un estigma. Como una mancha. Como una lepra. Persigue tu fama para profanarla y te convierte en un maldito. Hay borrachos tirados por las esquinas de los olvidos con más dignidad que un tipo al que le pintaron la cara y lo mandaron a la pocilga de los deshonrados. A nosotros, a los sevillistas, el jueves pasado nos robaron en nuestra casa la honra. El honor. El cetro de nuestra fama. Nos hicieron comernos dos platos de verdina en una noche tristísima para Nervión. Así que hoy, jugadores, haced acopio de fe, valor, coraje y casta. Y marchad al otro lado de la ciudad. Id, haced vuestro trabajo y rescatad la honra. Id, haced vuestro trabajo y traed bajo el brazo el balón de la victoria como si fuera la misma cabeza de Holofernes. Todo lo demás no nos sirve. 


La V y la VI fueron las legiones malditas de Roma. Habían caído de manera humillante en Cannae ante Anibal, que no solo las caneó, sino que las humilló en la batalla de forma tan cruel que la República envió a los supervivientes a los campos yermos de Sicilia. Como apestados. Allí los soldados que huyeron ante los elefantes del cartaginés se alimentaron de raíces y del pillaje. Cayendo en la abyección moral de los derrotados y olvidados. Solo un general joven como Escipión les supo devolver la honra perdida, la fama humillada y la gloria que les esperaba como conquistadores de Cartago. Nuestro equipo necesita ir a La Palmera como dicen que fueron las legiones malditas de Roma al norte de África en busca de las banderas abatidas, de los anillos consulares que el Barca rebañó de los dedos de los generales romanos y del honor de cada soldado que fue degradado a la miseria que siempre habita en la cobardía. Así que serigrafiaros este artículo en vuestros corazones, escuchad vuestro himno y haced cierto lo que canta El Arrebato: somos el equipo que nunca se rinde. Patton, que era un militar fiero y rudo, llamaba hijos de perra a sus solados para motivarlos. Y antes de entrar en combate contra los alemanes del III Reich les dijo que fueran a la batalla a hacer algo grande para que, treinta años después, con sus nietos sobre las rodillas al calor del fuego, pudieran contarles que durante la segunda guerra mundial estuvieron luchando en Europa y no transportando estiércol en alguna granja de Lousiana. El estiércol hay que dejarlo en casa de aquellos que el jueves nos lo regalaron en un verdeo humillante y deshonroso para nuestro escudo. Lo repito: id, haced bien vuestro trabajo y regresad a casa con el balón de la victoria bajo el brazo. Y ese estiércol devolverlo para que abone su amargura. 


Enfrente vais a tener a un equipo con el gotero puesto y que lleva en sus ojos el aturdimiento del final. Desconfiad de los soldados heridos que no sueltan su espada. Como los escorpiones suelen morir matando. Además lo arroparán sevillanos con gargantas de lobos y lealtades de acero que no logran romper las derrotas. Respetad a esas voces más que a su equipo que desde el pasado jueves no es capaz de soportar la responsabilidad de la victoria. Tienen miedo a ganar. Les tiemblan las canillas. Les sudan las manos. Sueñan con relojes parados. Saben que vamos hasta su casa a buscar el botín que nos pertenece: honor, honra y victoria. El general Leónidas, antes de enfrentarse con 300 espartanos al colosal ejército de Jerjes, les dijo a sus guerreros: desayunad bien porque esta noche cenaremos en el infierno. Yo estoy seguro que los nuestros cenarán en la gloria del Pizjuán con las banderas rescatadas, el honor intacto y con el balón de la victoria bajo el brazo, como aquella cabeza de Holofernes… Y será entonces que Nervión brillará de forma tan intensa que hasta el cielo de Sevilla nos tendrá envidia.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Iraila y La Voz del s.XVII



Vivimos sumergidos en la tragedia, es una realidad que nos afecta a todos los que conformamos esta forma de pensamiento, esta nuestra cultura que llamamos “Occidental”. Ayer celebrábamos el décimo aniversario del horror de los atentados del 11M y hoy es difícil no toparse con la noticia de esa niña de 12 años que participaba en un programa de televisión que ha fallecido de cáncer. También hoy una amiga me ha comunicado que se ha suicidado una muchacha de 16 años, a saber por qué rara jerigonza hormonal propia de la adolescencia. Raro es el día que no encuentro fotos desagradables en Facebook como vehículo de pseudodenuncias: perros ahorcados, niños con deformidades, personas que solicitan dinero para operaciones carísimas anexando, como no, espeluznantes fotos demostrativa y un larguísimo e interminable etcétera de catástrofes, desastres, accidentes y quiebros del destino en los que parece que encontramos acomodo como cerdos en un barrizal, pues corren como la pólvora entre nosotros. Me he tenido que enterar que existía un programa llamado “La Voz Kids” porque una participante, una pobre niña, ha muerto.

También ayer se cumplieron tres años del terremoto y tsunami de Japón que ocasionó el famoso accidente nuclear de Fukushima. Más de 19.000 desaparecidos, miles de heridos, estragos desoladores y unas consecuencias radiactivas que aún es pronto para valorar. Lo que se dice un auténtico desastre. Y lo más sorprendente es que nadie en ningún lugar del mundo vio ni una sola imagen desmesurada, ningún cadáver, ninguna atrocidad. Japón volvió a sorprendernos a todos con imágenes de calma, de mesura, de gente haciendo cola para recibir su ración de comida y de hombres que frente a las ruinas de su casa se preguntaban cómo arreglar aquello. Una visión positiva y cortés, una mirada hacia adelante, una consideración hacia los que sufren y los que han muerto. Una nueva lección de la contención oriental. Japón es un país que a lo largo de la Historia ha demostrado repetidas veces que por muchas veces que se caiga, se levanta y sigue caminando con la cabeza bien alta sin mirar atrás. Es cuestión de mentalidades.

¿Por qué nosotros somos así? ¿De dónde nos viene este disfrute con lo trágico? ¿Qué necesidad hay de sufrir gratuitamente? ¿Por qué hoy tengo que convivir con terror por si enferma algún ser querido de algo que no tiene cura? Estoy convencido de que el corazón de los españoles se nos quedó anclado en el s. XVII. Somos hijos de la piedad barroca, de esa mentalidad pomposa y exagerada en la que se sumió nuestro país en aquel siglo. La piedad barroca anida en nuestras señas de identidad como resultado de la confluencia de tres ingredientes básicos: La quiebra del pensamiento renacentista, la Contrarreforma y la debacle del Imperio Español.

El Renacimiento floreció en Europa en los siglos XV y XVI fruto de la difusión de las ideas del Humanismo, donde el hombre volvía a ser el centro del universo frente a la visión teocentrista y la mentalidad rígida y dogmática de la Edad Media.  La vuelta a los valores clásicos proponía imponer la armonía y la perfección en el mundo; es decir, la felicidad del hombre. Sin embargo esa pretendida felicidad que auguraba el Humanismo nunca llegó. Las continuas guerras, las desigualdades sociales, el dolor, la peste y las calamidades siguieron campando a sus anchas por toda Europa. El infructuoso Renacimiento del hombre instaló un pesimismo intelectual cada vez más acentuado que nuestro desenfadado y soleado carácter condensó en las truhanerías en que se basan las novelas picarescas.

La recién nacida España del s.XVI como unión de los reinos de Castilla, Aragón y Granada se convirtió casi sin darse cuenta en el primer imperio en poseer dominios más allá de su continente, un imperio “donde nunca se ponía el sol”. Un gigante con pies de barro que los Austrias fueron incapaces de gestionar. El siglo XVII fue para España un período de grave crisis política, militar, económica y social que terminó por convertir ese inmenso Imperio Español en una potencia de segundo rango dentro de Europa.

Por otro lado, la Contrarreforma fue el paso adelante que la Iglesia dio frente a la austeridad pregonada por la reforma luterana. La pasión, la exaltación y la exageración del arte barroco fueron las puntas de lanza de esta nueva iglesia abanderada por los ideales jesuíticos.  Un pomposo y triunfante barco al que se subió la declinante monarquía española de tintes populistas como intento de dejar en un meditado segundo plano su estrepitoso fracaso gubernamental.

Por primera vez en la Historia la opinión pública despertó el interés de las autoridades religiosas (y civiles, de nuevo a su lado) dando pie a una suerte de propaganda religiosa. Propaganda que a su misma vez comprometía a la cultura, especialmente al arte, en defensa de sus intereses y en su propósito de influir en el hombre de la época.  Ejemplo de esta nueva actitud son las actas del Concilio de Trento, en las que exigen a los artistas que “exciten al pueblo para que adore y exalte aún más su amor a Dios”. El arte barroco y su secuela en el pensamiento resultan didácticos, seductores, exacerbados y terribles.  Una desmesura del sentido del honor y una fe intensamente vivida con una visión realista, patética y crítica del mundo. La Semana Santa, las cofradías y las imágenes piadosas nacen entonces. La mirada del pueblo es dirigida a la Pasión y Muerte de Jesucristo con toda la carga dramática y teatral posible, relegando casi a un segundo plano lo que debiera ser el primero, la alegría de la Resurrección. Las llagas, la sangre que cae a borbotones por el costado, los penitentes, los flagelos, las cadenas, la tragedia, la angustia, la oscuridad, la cera que gotea incesante, el tenebrismo, el pesimismo, las vestimentas pardas y la austeridad calan en el pueblo frente a la exageración decorativa propia de la nueva imagen barroca de Dios. Esa es la piedad barroca, esa es la fibra sensible que traviesa los siglos hasta hoy. Nos regocijamos con el drama, con la tragedia, con la exaltación del dolor, de la pena y la tristeza. Nos sigue conmoviendo y nos une el morbo de la angustia ajena. 

Lloramos por la muerte de esa pobre niña, enésima víctima de esa maldita enfermedad. Son muchos, muchísimos los corazones que hoy estamos rotos de dolor, la noticia ha corrido como la pólvora, la pólvora de la piedad barroca.