lunes, 9 de marzo de 2015

No profanar el sueño de los Mytilidae


Aquella noche tampoco tenía hambre, los sucesivos sinsabores que iba planteándole la vida poco a poco le iban restando las ganas de comer. También creía firmemente en la teoría de que cuantos más años cumples menos comida necesitas, pero sea como fuere algo tenía que cenar. Al abrir la despensa, entre la penumbra, una sensual lata de mejillones en escabeche le hacía ojitos de forma muy insinuante. Esos mejillones eran buenísimos, los compró en la tienda de delicatesen de aquella esquina donde alguna vez se comió el ramo de flores que pensaba regalarle a aquel amor evaporado. Al extraerla de la caja de cartón la doradísima lata resplandecía como si la hubieran abrillantado una cuadrilla de zíngaros abetunados. Inmediatamente sintió la necesidad de apoyarla en la repisa de la cocina sobre un trozo de papel de cocina intentando preservar su pulcritud. Aquella lata sería su cena.

Tenía vino, tenía pan y tenía aquella seductora lata de deliciosos mejillones, la noche poco a poco parecía que iba a enderezarse. El hambre, al que ya no esperaba, hizo acto de presencia de la mano de una amplia sonrisa de complacencia. Tras unos instantes de contemplación y preparación de todos los avíos introdujo su dedo índice en la anilla y tiró de ella suavemente. La superficie de la tapa lentamente iba curvándose dejando al descubierto el contenido de la tentadora lata . Pero se presentó un problema, el extremo final de la tapa estaba fuertemente pegado a la tapa, un solo milímetro de unión entre ésta y el resto de la lata la separaban de la emancipación definitiva. El único modo de desprender la tapa definitivamente era aplicando un poquito más de fuerza, no demasiada para que la lata no volcara, y así fue, tiró y un sordo “clac” desgajó para siempre la tapa de la lata. Pero ocurrió algo.

El “clac” de la tapa se transmitió al escabeche en el que los mejillones plácidamente disfrutaban de su eterno baño, rompiendo la tensión superficial del mismo lanzando una minúscula gota al aire en dirección vertical, justo hacia el centro de la pupila del hambriento protagonista de nuestra historia. La gota de escabeche, compuesta en su mayor parte por vinagre, aceite y pimentón, impactó de lleno con el globo ocular derecho lanzándole hacia atrás como si hubiera recibido un directo en el ojo. Casi sin tiempo para recuperarse, apreció unas extrañas sensaciones que se apoderaron de él como el que de pronto se sumerge en una oscura tinaja de onirismo y caldo de aceitunas. Los sones de “Flor de Pasión” que religiosamente escuchaba cada noche se iban alejando y colmándose de gravedad, la realidad se alejaba de él y, sin entender nada, notaba cómo la vida se le derramaba piernas abajo. Justo antes de caer al suelo notó que su barba se había transformado en filibranquios, el manojito de pelos ese que llevan los mejillones, el chándal que llevaba se había endurecido hasta formar una cocha y el aire, que de forma súbita se había transformado en agua, entraba y salía por lo poco que quedaba de sus orejas. 

Las grietas de los cristales de la cocina anunciaban la enorme diferencia de presión existente entre el exterior, en plácida noche cerrada y el interior lleno de agua, convirtiendo la casa en una suerte de pecera gigante. El cajón de los cubiertos se había abierto y como por arte de magia los peces-tenedor se fueron nadando hacia otra estancia donde no les obligaran a pinchar nada. A continuación los peces-cuchillo, amenazantes, empezaron a nadar entorno a él, el gran mejillón gigante, orbitando en búsqueda de su mejor oportunidad. 

Él aún no estaba muy hecho a su nueva condición de ser bivalvo, pero sabía que tenía que salir de allí. Abrió y cerró su caparazón aconchado rápidamente para intentar huir de la cocina en dirección al salón, donde los muebles flotaban pegados al techo, sin un ápice de aire en toda la casa. Una de las cosas que más le llamó la atención es que las lámparas aún seguían encendidas, por lo que pudo ver con claridad la sórdida batalla entre la alfombra-raya y la tortuga-televisión. Aquel salón donde hasta entonces se había desarrollado gran parte de su vida se había convertido en un lugar hostil, no podía permanecer durante más tiempo pues sentía amenazada su recién estrenada existencia de molusco. Sin embargo y a pesar de todo, la verdad es que se encontraba muy bien, total, su vida de humano le estaba empezando a cansar y quizás un cambio de aires, de aguas en este caso, le vendría muy bien.

Cuando el pequeño banco de peces-cuchillo abandonó la cocina en busca de las plantas superiores de la casa pensó que era un buen momento para volver y establecer relaciones con sus congéneres de la lata de mejillones que previamente iba a cenar. Dado que la densidad del agua es menor que la del escabeche y que los mejillones estaban súper bien en su jacuzzi dorado ninguno se había movido de su sitio. Nada más llegar le hicieron un hueco y se puso a charlar con ellos, eran gente enrollada, ni siquiera el hecho de que fuesen a ser devorados por él en su anterior forma humana distorsionaban la armonía que casi de inmediato surgió entre ellos. Le aceptaron en la lata con los filibranquios abiertos, le pasaron un cóctel de laurel y pimienta que flotaba en el escabeche y cerraron la tapa de nuevo dejando colgado de la anilla un minúsculo cartel que rezaba “No molestar”.

jueves, 11 de diciembre de 2014

El dedo de Eduardo




Eduardo vino al mundo con el puño cerrado, fuertemente apretado, intentando que el secreto que escondía no eclipsara la buena nueva de su nacimiento. Tanto en los momentos en los que su madre le empujaba fuera de su cuerpo como en los instantes posteriores, en ningún momento abrió su mano derecha. Algo en su flamante instinto infantil le incitaba a no hacerlo.

Fue difícil para sus padres asimilar la extraña anomalía congénita que el bebé traía desde los albores de su existencia: todo lo que tocaba con el dedo índice de su mano derecha dejaba de existir. O eso es al menos lo que sucedió cuando la matrona, en un intento de valorar la psicomotricidad manual del pequeño, abrió a la fuerza la mano. El susodicho dedo índice de Eduardo la rozó y de pronto, ante el asombro de todos, la matrona desapareció.  

Eduardo tenía minutos de vida y obviamente no era consciente de nada de lo que estaba sucediendo, no se daba cuenta de que con su mano derecha abierta y sus dedos extendidos tenía más peligro que un dragón resfriado en un arsenal. La toalla, el pañal, la lamparita de infrarrojos, todo lo que tocaba con su dedo índice desaparecía. Su padre, un avezado científico del CSIC fue el primero que fue capaz de poner en pie los formidables sucesos que acaecían en aquel paritorio. Lo primero que se le ocurrió fue intentar vendar el dedo para que no tocara nada, pero menuda estupidez, en cuanto la venda tocó el dedo de marras desapareció. Incluso a simple vista la punta de ese dedo se veía rara, como ennegrecida, emborronada, los fotones al contacto con su piel también desaparecían, la luz no rebotaba y no llegaba a las retinas por lo que era imposible ver el punto central de la falange del maldito dedo índice del niño. Los seres humanos no nos vemos, no sabemos de que color somos, lo que vemos es la luz que los cuerpos deciden reflejar, una luz que penetra en nuestras retinas y ayuda a nuestro cerebro a visionar. Por ejemplo, si vemos un objeto rojo sabemos que ese objeto es de todos los colores menos rojo; la luz blanca al incidir sobre él absorbe las frecuencias de todos los colores salvo la roja que no la quiere, que la rechaza, rebota y entra en nuestro ojo anunciando al cerebro que debe interpretar que ese objeto es rojo y no, es de todo menos rojo, nuestros ojos nos mantienen engañados haciéndonos creer que vivimos una realidad irreal, contraria a lo que percibimos. El dedo del niño estaba difuminado, borroso, incluso las moléculas de aire a su contacto desaparecían. Ese dedo vivía recubierto de una capa de vacío, de la nada, de esa nada que anuncia la inexistencia material de las cosas. Dios estaba en todas partes salvo en la punta de ese dedo de Eduardo, quedó fuera de los planes creativos propios del Demiurgo, se le escapó.

La infancia, niñez y sobre todo la pubertad de Eduardo "DedoChungo" como le llamaban sus amigos fue complicada. En un alarde de romanticismo material se dedicaba a anotar en una libreta todas aquellas cosas que había hecho desaparecer involuntariamente a lo largo de sus días: lápices, borradores, croquetas, videoconsolas, calzoncillos, libros, cuadros, árboles, paquetes de gusanitos e incluso, una gran desgracia para la familia, hizo desaparecer a su propio abuelo. Éste estaba un poco  mal de la azotea, sufría y no quería vivir más. Conocedor de la especial dotación de su nieto, un mal día el abuelo de Eduardo se abalanzó hacia él gritando aquello de “adiós mundo cruel”. Aunque Eduardo intentó zafarse no pudo hacer nada, el maldido dedo tocó al abuelo, hizo “¡PLOP!” y desapareció súbitamente, pero no en su totalidad, la dentadura postiza quedó flotante en el aire durante unos instantes, la tenía completamente suelta en el momento del contacto con el dedo, ni un solo átomo del abuelo rozaba la dentadura postiza y ésta nunca dejó de existir. Eduardo, que andaba bastante bien de reflejos, cogió la dentadura al vuelo mientras caía irremisiblemente atraída por la gravedad terrestre. Desde entonces la custodia con amor y dedicación en su mesita de noche, rodeada de flores de plástico y clicks de Playmobil que hacen guardia dental. Amaba a su abuelo aunque estuviera como una puta cabra.

Todas las cosas propias de la vida de un diestro eran ajenas a Eduardo, un zurdo postizo, un zurdo obligado por las especiales circunstancias de su extraordinaria vida.  Desde el mismo momento de su nacimiento su padre estuvo devanándose los sesos para encontrar algo que mejorara la calidad de vida de Eduardo y, sobre todo, la seguridad de todos los que le rodeaban. Pensó en un guante de antimateria, un condón de Higgs, una tirita con agujeros negros y otras muchas cosas más, todas ellas plausibles en el ámbito de la majestuosa física cuántica, pero quimeras en un mundo donde materia y realidad pesan mucho más que la utopía lastrando irremisiblemente los sueños de la ciencia. De momento Eduardo no tenía más remedio que vivir a con el dedo tieso, a pelo, sin tocar nada. Toda su vestimenta se complementaba con una pequeña cuña de corcho que se metía bajo la axila derecha para separar levemente el brazo de su cuerpo, le aterrorizaba pensar que en mitad de cualquier sitio se rozara los pantalones y de pronto se quedara en cueros. Eduardo, muy a su pesar, era un peligro, una amenaza existencial.

Como la naturaleza es un ente que se auto equilibra, en el otro platillo de la balanza apareció una primorosa criatura, una chica que adoraba a Eduardo desde el silencio de la prudencia, desde la seducción de lo fascinante y que también escondía un secreto, que no tenía absolutamente nada especial. Era una chica como otra cualquiera salvo que era la única a la que no le aterrorizaba la idea de tener a Eduardo a menos de 5 metros, todo lo contrario, le deseaba, quería rozar todo su cuerpo contra él, obviando el dedo, por supuesto, pues aunque fuera una chica normal no quería dejar de existir, tenía muchos motivos para querer seguir viviendo, el primero Eduardo, por supuesto, pero también le gustaba mucho la música, el karma, el cosmos y rechupetear los palos de canela sumergidos en el arroz con leche que hacía su abuela. 

La innata inteligencia y persuasión que habita en todas las mujeres se combinaron en los ardides de la chica de tal modo que no tuvo que pasar mucho tiempo hasta que Eduardo y ella se vieron a solas en la habitación de un sórdido motel. El silencio de la timidez dio paso a las risas cuando Eduardo hizo desaparecer como por arte de magia una cucaracha que les observaba ajena a su destino. Te amo Eduardo, Yo también te amo a ti, aunque no sé cómo te llamas, No te quiero decir mi nombre, corro el riesgo de dejar de existir estando aquí contigo, así que para que no te lamentes si eso ocurriere no voy a decirte cómo me llamo, Me parece bien.

Eduardo y ella pasaron horas besándose, tocándose, entrando el uno en el otro, fumando, todo ello con un exquisito cuidado, que Eduardo no rozara nada con su enhiesto dedo índice de la mano derecha. Cada eyaculación de Eduardo le entristecía, a todos los hombres les sobreviene una minúscula bruma de tristeza en los instantes inmediatamente posteriores al orgasmo, pero la suya era mayor, era una tristeza plomiza, velada, intensa, tanto que al tercer polvo se echó a llorar amargamente. ¿Qué te ocurre Eduardo?, Me quiero morir, vivir con este dedo es lo peor, me tiene estigmatizado socialmente, viviendo alerta las 24 horas del día desde que nací, vivo agobiado, sin poder relajarme, y no solo eso, mi mayor fantasía jamás la podré cumplir, ¿Y qué fantasía es esa?, Prométeme que no te vas a reír, Te lo prometo, Vale, me gustaría meter mi dedo en una vagina, pero por motivos obvios no puedo hacerlo, a quien hiciera eso moriría ipso facto, no sería capaz de disfrutarlo ni tan siquiera un segundo, Yo estoy dispuesta a hacer eso por ti Eduardo, Qué me estás diciendo, En serio, no me importa, me da igual dejar de existir, total, algún día moriré, y no se me ocurre mejor forma de hacerlo que haciendo cumplir la fantasía del hombre al que amo, porque tú a mí no me amas tanto como yo a ti, así que te puede entristecer que yo desaparezca en cuanto metas tu dedo en mi vagina, pero tu tristeza será breve, futil, insignificante, seguirás viviendo tu vida y yo habré dejado de existir feliz, lo que se dice pasar a mejor vida. Madre mía, menudo dilema, me estás pidiendo que te mate, No, te estoy pidiendo que seas libre y seas feliz. En ese momento ella se tumbó cómodamente, abrió las piernas y dejó al descubierto su entrepierna inundada por las horas que habían pasado juntos. Venga Eduardo, procede. Eduardo la miró fijamente a los ojos, penetrando hondamente en ellos, mantuvo su mirada casí un minuto pensando, sopesando, hasta que tomó una decisión. Eduardo introdujo su dedo en la vagina de aquella chica y como era de esperar, de inmediato desapareció. Casi sin darse cuenta de pronto se vio solo en la habitación de un motel, con la ropa de una preciosa y anónima chica tirada por el suelo, una chica que jamás volvería a ver, una chica a la que alguien echaría de menos, una chica que tendría padres, amigos, familia y un entorno. Lejos de sentir placer por el sublime contacto de su dedo con lo más íntimo de ella, Eduardo notó como su ser se hundía en un oscuro mar de pesadumbre y obscenidad marmórea. No sólo tenía que aguantar la impertinencia de la existencia de su dedo sino que además ahora llevaría la carga de haberla matado a ella, la que dio su vida por él, por su estúpido deseo de sentir los pliegues internos de una vagina. Sin pensarlo demasiado, porque esas cosas se piensan poco, Eduardo se tocó con el dedo maldito la sien derecha, como simulando una ruleta rusa, pero poco tenía de simulación, Eduardo desapareció al instante haciendo ¡PLOP!. Su desaparición fue rápida, aséptica, su desaparecida presencia solamente quedó testimoniada en un instante por el hueco que sus rodillas hincadas dejaron en el colchón de látex de aquel lugar. Una vez el colchón recuperó su planicie la habitación quedó solitaria, con las ropas de ambos tiradas por el suelo, con las sábanas llenas de los fluidos de ambos y con un cigarro consumiéndose lentamente en el cenicero, hasta que llegó a la boquilla, y se apagó para siempre.

viernes, 21 de noviembre de 2014

La duquesa y el vagabundo



El último aliento de vida de Domingo Pérez fue a parar al interior de un casi finiquitado tetrabrick de vino Don Simón. Domingo odiaba ese vino, pero era la sustancia más accesible con la que podía intoxicarse con lo poco que sacaba aparcando coches en las cercanías del saturado centro de salud de la Macarena. Murió sentado en el suelo, con su cabeza apoyada justo en el centro de la letra O de esa desdibujada pintada que rezaba YENI TE KIERO. Los piojos, las liendres y las garrapatas pronto comenzaron a abandonarle iniciando su grave caminar en dirección a otro ser vivo, allí ya nada tenían que hacer salvo dejar un buen legado de larvas que devoraran la carne de Domingo Pérez, el malogrado mendigo de barba florida del sevillano barrio de la Macarena. La gente pasaba de largo dejando de lado el cuerpo sin vida de Domingo, sin hacer caso, sin prestarle la más mínima atención; estará dormido, estará borracho, menuda basura, que lástima, pobre hombre, vaya estorbo, da asco eran los piropos que los alegres vecinos de ese vetusto barrio sevillano dedicaban a su cuerpo inerte. La espesa barba, la larga melena y la boina remendada ocultaban el hecho de que Domingo ya no respiraba, ya no vivía, ya no intercambiaría más moléculas de carbono con la atmósfera ni volvería a ver la cara de la Esperanza Macarena, esa Señora que impasible reina para siempre en el arrabal del mismo nombre.

Un policía que salía de turno fue el que se dio cuenta de la luctuosa nueva respecto a Domingo, el gorrilla que jamás había provocado un altercado, el que siempre estaba borracho de vino Don Simón, que fumaba colillas que la gente tiraba a medias y que comía de lo que iba encontrando en la basura. Una ambulancia llegó sin prisa alguna al lugar, y un sanitario delgado como el suspiro de una golosina recogió el cadáver, lo montó en la camilla y lo metió en la ambulancia dejando un rastro de gotas negras, como esas que dejan las bolsas de basura camino del contenedor cuando contienen algo a medio vaciar. Qué asco, cómo me va a poner este tipo la ambulancia, habrá que desinfectarla, pensaba el cadavérico enfermero.  Hospital, morgue, depósito de cadáveres y a esperar a que alguien reclamara el cadáver. Obviamente, nadie apareció.

La mañana de aquel soleado 21 de noviembre de 2014 en Sevilla fue el día elegido para que las llamas volatilizaran para siempre los restos del pobre Domingo Pérez. Una generosa y bonita combustión le redujo a cenizas, el alcohol había permeado tanto durante años y años hasta el último átomo de su cuerpo que ardió extraordinariamente bien, tanto que el responsable de la incineradora decidió hacerse una selfie en la puerta del horno con las llamas de fondo, y lo colgó en Instagram, “mendigo flamígero” tituló su post.  Cuando la temperatura descendió y se situó dentro de los límites de lo humanamente razonable, el incinerador recogió las cenizas, pero no todas, es atómicamente imposible recoger todos los restos, siempre queda algo que se une a las cenizas del siguiente finado consumido por las llamas. Cuando el encargao de la incineradora cerró la puerta y partió con la mayor parte de las cenizas de Domingo Pérez, él miraba desde el interior de la incineradora; joder, soy ceniza y sigo consciente, ese chico se han llevado gran parte de mi ceniciento cuerpo en un tarrito pero mi consciencia, la escama de ceniza donde reside mi seso, mi inteligencia, el ser, la existencia aquí está, en una especie de horno microondas enorme, todo muy metálico y muy bonito. A ver qué hago ahora, soy ceniza, inerte, no puedo moverme, sólo pensar…

La escama consciente y cenicienta de Domingo Pérez pasó horas reflexionando, pensando, cavilando sobre su nueva situación; joder que bien me vendría ahora un traguito de vino Don Simón, o de otro mejor incluso, estoy nervioso, pero hay un problema, el vino tiene alcohol y no puede convertirse en ceniza, se volatiliza, el alcohol se sublima en la atmósfera y ya nunca más podrá ocupar el interior de mi cuerpo, pero qué digo, si no tengo cuerpo, ains, que vida esta, qué digo vida, si ya no tengo vida, estoy muerto, ¿o estoy vivo? 

En mitad de la angustiosa tormenta de reflexiones de Domingo Pérez, de la  porción de ceniza que albergaba su conciencia, se abrió la puerta del horno. Una lúgubre muchedumbre enlutecida asistía cabizbaja a la introducción en la incineradora del cuerpo de una noble señora fallecida, una señora mayor, un ser humano femenino muy viejo, de pelo blanco y ricos ropajes adornados por un blasón antiquísimo con un ajedrezado de plata y azul. Joder, no-me-jodas, ¡es la Duquesa de Alba!, está encima mía, y muerta, y la van a incinerar. Se va a derretir y consumir encima de mí, que mal rollo por Dios, ¿no tuviste bastante dándome esta vida de mendigo de mierda como para encima hacerme pasar esto?, madre de Dios, Virgen de la Macarena, Señora del Santísimo Rosario, las cosas que tiene que ver uno incluso después de muerto.

Sus pensamientos se interrumpieron con el golpe sordo del portalón del horno seguido de una intensísima llamarada cegadora. La señora Duquesa empezó a gotear y derretirse encima de la esquirla de Domingo, a su lado iban cayendo trocitos de pelo requemado, trozos de oreja, una perla, un diente, y así sucesivamente. Pero no tenía calor, las cenizas no pasan calor, son productos de la combustión y por lo tanto son sustancias incombustibles, como las sales minerales. Las llamaradas se intensificaban, la materia se retorcía, se compactaba, implosionaba y se inorganizaba, ceniza a la ceniza, polvo al polvo.

Hola, ¿hay alguien?, ¿quién habla?, hola, mi nombre es Domingo ¿y el tuyo?, me llamo Cayetana, bueno, Cayetana y un montón de nombres más, pero qué más da si ya estoy muerta, o al menos creo que ayer morí, pero no sé muy bien donde estoy ahora ni que hago ni quién es usted, ¿es esto el cielo? ¿el infierno? ¿el purgatorio?, No señora, no, estamos en la incineradora, mi nombre es Domingo Pérez, borracho y mendigo de la Macarena para servirla, me quemaron hace un rato y se dejaron aquí la parte esencial de mi consciencia encerrada en una escama de ceniza, por lo que veo usted aún es un montoncito bastante apañao de ceniza, supongo que como el horno está aún muy caliente no han abierto la puerta y se han presentado con el cepillito y la urna para que se la lleven a usted, Uy pues vaya, no sabía yo que siendo ceniza se iba a estar tan bien, no hace frío ni calor, se está como blandito, ¿tiene usted hora?, pues no la verdad, nunca tuve reloj ni me interesó la hora que era, sólo miraba al cielo y escuchaba a mi estómago para saber más o menos en qué arco horario me movía, y si antes me preocupaba poco imagínese ahora, ¿para qué quiere usted saber la hora, señora, si ya está muerta?, No mire usted, es que van a dividir mis cenizas, la mitad se la van a llevar a un panteón familiar que está en Madrid y la otra mitad la van a dejar aquí en Sevilla, en una capilla expresamente dedicada a mi persona en la iglesia de Nuestro Padre Jesús de la Salud y María Santísima de las Angustias Coronada, la hermandad de los Gitanos, ¿la conoce usted?, Uy vaya si la conozco, Alberto Gallardo, el que fuera legendario capataz del palio fue compañero mío de colegio, No me diga usted, Sí que le digo, es más, los dos o tres años que me contrataron de camarero en el bar de la plaza San Marcos él intentó ayudarme y me metí de costalero en el palio, No me diga que usted llevó a La Madre sobre sus hombros, Pues sí que le digo señora, yo he hecho levantás al cielo con la Señora que me vibraba hasta la médula espinal del alma, Qué bonito, Óle, Pero oiga ¿y usted que va  a hacer ahora?, Pues no sé, esperar a que me cepillen y me limpien y me tiren al wc, o no sé, ¿Se viene usted conmigo?, ¿Yo con usted señora? ¿a dónde?, a mi capilla de la iglesia de los Gitanos, únase conmigo, intérnese en mi cenizas y vayámonos juntos, me ha caído usted muy bien y sola me voy a aburrir, así podemos charlar durante el resto de la eternidad, parece usted un hombre bueno, Soy un hombre bueno señora, solo que tuve muy mala suerte en vida, justo lo contrario que usted, que tuvo mucha suerte, pero no me malinterprete, que yo también pienso que usted es una buena persona, Que bien me cae usted Domingo, ¿es usted creyente?, Pues señora, me agrada que me haga esa pregunta, a pesar de la vida de mierda que he llevado sí que me sigo arrodillando ante la madre Macarena y el Señor de la Sentencia, serán costumbres raras pero a mí aún me siguen produciendo mucho respeto, No me diga usted más, se viene usted conmigo a mi capilla, ¿quiere?, Venga, vale, pero señora, Dígame, Hay una cosa que me inquieta, el miércoles de ceniza le dicen a uno que tiene que convertirse en polvo, y es eso lo que ha ocurrido con usted y conmigo, ya somos polvo, hemos cumplido, hasta ahí bien, y ahora usted quiere que me una a su materia restante, quiere que seamos dos polvos que se unen, sobre el papel usted me está proponiendo que le eche un polvo, mi polvo, y perdone usted mi atrevimiento, No se preocupe que le entiendo y no le malinterpreto, podemos echar un polvo, qué cosas tiene la vida, un polvo postmortem entre una duquesa y el mendigo, suena a cuento y a fantasía, Qué bonito, Óle, Que pena no poder bailar unas sevillanas, ¿conoce usted a alguna ceniza que baile sevillanas?, Que va señora, además es imposible, en los careos de la cuarta los dos cenicientos bailaores saldrían volando y nunca llegarían a acabar, serían unas sevillanas inconclusas, imposibles, Bailemos pues con la mente si le parece, Venga.

El plateado cepillo con el blasón de la casa de Alba barrió todas las cenizas del interior de la incineradora dejándola limpia como un jaspe, hay clases y clases. La totalidad de la consciencia de la duquesa y la escama cenicienta de Domingo Pérez viajaron juntas al interior de la jarrita de alabastro blanco, la jarrita que iba a ser depositada en la capilla de la iglesia de los Gitanos, no se sabe cómo pero Domingo y Cayetana se las ingeniaron para que las cenicientas consciencias no se separaran y se depositaran en la jarra correcta, la otra, la jarrita de mármol rosa que iría a Madrid no era una buena opción, Domingo nunca había estado allí, pero si en algo coincidían es que ambos llevaban a Sevilla dentro de sus corazones, de las cenizas que quedaban de ellos, claro.

Unas explosiones fortísimas se escuchaban en la calle Verónica, gritos y relámpagos interrumpidos por aterradores silencios sepulcrales. Cayetana ¿qué ocurre?, ¿Cómo quieres que lo sepa, Domingo? los años que llevamos aquí en la capilla me han hecho agudizar los sentidos y detectar cosas como el color de la casulla del cura, el perfume que llevan las señoras de la primera fila o incluso el número de niños que lloran dentro de la iglesia, pero de lo que ocurre fuera ni idea, los muros son infranqueables para mi cenicienta consciencia, no sé, suena como a guerra, como a un caos desasosegante, esta iglesia del Valle es tan visceral y plomiza que las cosas de fuera retumban dentro de forma atronadora, ay Domingo, que para mí que estamos en guerra otra vez, al final los rojos y los azules han vuelto a tirarse a los ojos, se van a matar, van a morir inocentes. Cayetana, escúchame mi arma, la gente es tonta, el ser humano alberga de forma innata la incapacidad de ser feliz, todo el mundo quiere lo que no tiene, que es justo lo que el vecino de enfrente posee, y así no Cayetana, así vamos a estar matándonos toda la vida, bueno, mejor dicho, van a estar matándose toda la vida, con lo fácil que es disfrutar de lo que uno tiene, de las cosas que nos hacen sonreír, del mecer de las ramas de un árbol al son de la brisa, de los monumentos antiguos, de los recortes que venden las monjas, de las risas tontas de los enamorados, de las sonrisas sinceras de los niños pequeños, del chirriar de las ruedas de los coches de caballos, del olor a café de los bares que ponen desayunos, del olor a incienso en Semana Santa, del color de la tierra cuando llueve, del mar oscuro cuando es de noche. ¿Sabes qué, Domingo?, que llevas razón, dejemos a los vivos con los asuntos de los vivos, nosotros a lo nuestro, aquí  junto a la Virgen de las Angustias y al Señor de los Gitanos, tízname con la voz de tu pensamiento, sigue acompañándome hasta el fin de los tiempos, bésame.



viernes, 7 de noviembre de 2014

69,4 Km



La borrasca finalmente pasó y el cielo se despejó dejando al aire todas sus vergüenzas estrelladas. No hacía demasiado frío así que allí estaban ellos, los que lloran y ríen, los que viven deslumbrados por el destello de la suerte, sentados frente  al  sonido descontrolado del rompeolas y con los pies hundidos en la profunda oscuridad de aquella noche sin luna. Cada uno abrazaba sus propias piernas flexionadas, mirada al frente, intuyendo el  onírico brillo de los pesqueros que engañan a los peces con sus luces. Y se hablaban, tranquila y pausadamente, sin mirarse, pero se hablaban y gesticulaban con parsimonia.

Las monedas ya no son lo que eran. Antes, en una de sus dos superficies mayores aparecía la cara de alguien, presuntamente a quien echar la culpa de todo, pero hoy ya no, la mayoría de monedas tienen dibujitos por ambos lados, y ninguno de los dos quiere ser el responsable de tomar decisiones delegadas por indecisos. Para aquellos que estaban sentados la moneda permanecería enterrada en la arena como pecuniaria hacha de guerra, nunca se sabría cuál de los dos dibujitos podría ser mejor, ¿el que parece una cara o el que se parece menos aún a una cruz?. Las monedas viven su cuantificada vida condenadas a girar en el aire y decidir por nosotros los indecisos , o uno o el otro, los dos a la vez es imposible, aunque claro, existe una minúscula posibilidad de que la moneda caiga de canto, la tercera y menor de las superficies que componen una moneda, o de que no caiga y se la lleve un pájaro en el pico, o que alguien la atraiga con un potentísimo imán desde la distancia para hacer la gracia, pero no, esas posibilidades remotas no las tienen en cuenta. Damos vida a nuestro destino lanzando monedas al aire, ¿qué tienen que hacer las monedas para que dejen de ser unas oprimidas y azarosas decisoras de destinos? 

Con un imperceptible asentimiento de sus cabezas zanjaron el tema de la moneda  justo en el momento en el que pasó un coche que les deslumbró con los faros. Mantuvieron el tipo como los que creen que no están haciendo nada malo, aunque sí que lo están haciendo. No hacían el mal en sí mismo, de forma intrínseca, hacían un mal oculto, pasional, endiabladamente poblado de sensaciones que les llevaría a devorar la madrugada y a chupetear los huesos de las luces del alba. Pero no puede ser.  Quieren gritar a la noche, maltratarla, elevar una enorme aguja hacia el cielo y reventar el atezado globo cenital, que el estallido derramara la noctámbula tinta sobre sus caras, resbalando por sus mejillas, por sus labios y sentirse como libros deconstruidos, carnes que juegan a ser papel y tinta que emborrona los indómitos deseos que les poseen. Pero el tic-tac del reloj es el patético compañero que les resta solución de continuidad una vez tras otra.

La noche estrelló sus cuerpos el uno dentro del otro con el silencio como abrigo y con el relampagueo de los faros de xenón como aura. Un beso y adiós, la tinta derramada les había oscurecido hasta límites insospechados y así retornarían a sus vidas con los ojos entornados y con el corazón hirviente y helado. Nadie sabe lo que ocurre, nadie sabe lo que ocurrió y sobre todo nadie sabe lo que ocurrirá. Solamente hubo un testigo, un mosquito que se fue con ella, la acompañó en la oscuridad y, que curioso, acabaría recuperando la libertad en el lugar donde descansan los muertos.