viernes, 21 de noviembre de 2014

La duquesa y el vagabundo



El último aliento de vida de Domingo Pérez fue a parar al interior de un casi finiquitado tetrabrick de vino Don Simón. Domingo odiaba ese vino, pero era la sustancia más accesible con la que podía intoxicarse con lo poco que sacaba aparcando coches en las cercanías del saturado centro de salud de la Macarena. Murió sentado en el suelo, con su cabeza apoyada justo en el centro de la letra O de esa desdibujada pintada que rezaba YENI TE KIERO. Los piojos, las liendres y las garrapatas pronto comenzaron a abandonarle iniciando su grave caminar en dirección a otro ser vivo, allí ya nada tenían que hacer salvo dejar un buen legado de larvas que devoraran la carne de Domingo Pérez, el malogrado mendigo de barba florida del sevillano barrio de la Macarena. La gente pasaba de largo dejando de lado el cuerpo sin vida de Domingo, sin hacer caso, sin prestarle la más mínima atención; estará dormido, estará borracho, menuda basura, que lástima, pobre hombre, vaya estorbo, da asco eran los piropos que los alegres vecinos de ese vetusto barrio sevillano dedicaban a su cuerpo inerte. La espesa barba, la larga melena y la boina remendada ocultaban el hecho de que Domingo ya no respiraba, ya no vivía, ya no intercambiaría más moléculas de carbono con la atmósfera ni volvería a ver la cara de la Esperanza Macarena, esa Señora que impasible reina para siempre en el arrabal del mismo nombre.

Un policía que salía de turno fue el que se dio cuenta de la luctuosa nueva respecto a Domingo, el gorrilla que jamás había provocado un altercado, el que siempre estaba borracho de vino Don Simón, que fumaba colillas que la gente tiraba a medias y que comía de lo que iba encontrando en la basura. Una ambulancia llegó sin prisa alguna al lugar, y un sanitario delgado como el suspiro de una golosina recogió el cadáver, lo montó en la camilla y lo metió en la ambulancia dejando un rastro de gotas negras, como esas que dejan las bolsas de basura camino del contenedor cuando contienen algo a medio vaciar. Qué asco, cómo me va a poner este tipo la ambulancia, habrá que desinfectarla, pensaba el cadavérico enfermero.  Hospital, morgue, depósito de cadáveres y a esperar a que alguien reclamara el cadáver. Obviamente, nadie apareció.

La mañana de aquel soleado 21 de noviembre de 2014 en Sevilla fue el día elegido para que las llamas volatilizaran para siempre los restos del pobre Domingo Pérez. Una generosa y bonita combustión le redujo a cenizas, el alcohol había permeado tanto durante años y años hasta el último átomo de su cuerpo que ardió extraordinariamente bien, tanto que el responsable de la incineradora decidió hacerse una selfie en la puerta del horno con las llamas de fondo, y lo colgó en Instagram, “mendigo flamígero” tituló su post.  Cuando la temperatura descendió y se situó dentro de los límites de lo humanamente razonable, el incinerador recogió las cenizas, pero no todas, es atómicamente imposible recoger todos los restos, siempre queda algo que se une a las cenizas del siguiente finado consumido por las llamas. Cuando el encargao de la incineradora cerró la puerta y partió con la mayor parte de las cenizas de Domingo Pérez, él miraba desde el interior de la incineradora; joder, soy ceniza y sigo consciente, ese chico se han llevado gran parte de mi ceniciento cuerpo en un tarrito pero mi consciencia, la escama de ceniza donde reside mi seso, mi inteligencia, el ser, la existencia aquí está, en una especie de horno microondas enorme, todo muy metálico y muy bonito. A ver qué hago ahora, soy ceniza, inerte, no puedo moverme, sólo pensar…

La escama consciente y cenicienta de Domingo Pérez pasó horas reflexionando, pensando, cavilando sobre su nueva situación; joder que bien me vendría ahora un traguito de vino Don Simón, o de otro mejor incluso, estoy nervioso, pero hay un problema, el vino tiene alcohol y no puede convertirse en ceniza, se volatiliza, el alcohol se sublima en la atmósfera y ya nunca más podrá ocupar el interior de mi cuerpo, pero qué digo, si no tengo cuerpo, ains, que vida esta, qué digo vida, si ya no tengo vida, estoy muerto, ¿o estoy vivo? 

En mitad de la angustiosa tormenta de reflexiones de Domingo Pérez, de la  porción de ceniza que albergaba su conciencia, se abrió la puerta del horno. Una lúgubre muchedumbre enlutecida asistía cabizbaja a la introducción en la incineradora del cuerpo de una noble señora fallecida, una señora mayor, un ser humano femenino muy viejo, de pelo blanco y ricos ropajes adornados por un blasón antiquísimo con un ajedrezado de plata y azul. Joder, no-me-jodas, ¡es la Duquesa de Alba!, está encima mía, y muerta, y la van a incinerar. Se va a derretir y consumir encima de mí, que mal rollo por Dios, ¿no tuviste bastante dándome esta vida de mendigo de mierda como para encima hacerme pasar esto?, madre de Dios, Virgen de la Macarena, Señora del Santísimo Rosario, las cosas que tiene que ver uno incluso después de muerto.

Sus pensamientos se interrumpieron con el golpe sordo del portalón del horno seguido de una intensísima llamarada cegadora. La señora Duquesa empezó a gotear y derretirse encima de la esquirla de Domingo, a su lado iban cayendo trocitos de pelo requemado, trozos de oreja, una perla, un diente, y así sucesivamente. Pero no tenía calor, las cenizas no pasan calor, son productos de la combustión y por lo tanto son sustancias incombustibles, como las sales minerales. Las llamaradas se intensificaban, la materia se retorcía, se compactaba, implosionaba y se inorganizaba, ceniza a la ceniza, polvo al polvo.

Hola, ¿hay alguien?, ¿quién habla?, hola, mi nombre es Domingo ¿y el tuyo?, me llamo Cayetana, bueno, Cayetana y un montón de nombres más, pero qué más da si ya estoy muerta, o al menos creo que ayer morí, pero no sé muy bien donde estoy ahora ni que hago ni quién es usted, ¿es esto el cielo? ¿el infierno? ¿el purgatorio?, No señora, no, estamos en la incineradora, mi nombre es Domingo Pérez, borracho y mendigo de la Macarena para servirla, me quemaron hace un rato y se dejaron aquí la parte esencial de mi consciencia encerrada en una escama de ceniza, por lo que veo usted aún es un montoncito bastante apañao de ceniza, supongo que como el horno está aún muy caliente no han abierto la puerta y se han presentado con el cepillito y la urna para que se la lleven a usted, Uy pues vaya, no sabía yo que siendo ceniza se iba a estar tan bien, no hace frío ni calor, se está como blandito, ¿tiene usted hora?, pues no la verdad, nunca tuve reloj ni me interesó la hora que era, sólo miraba al cielo y escuchaba a mi estómago para saber más o menos en qué arco horario me movía, y si antes me preocupaba poco imagínese ahora, ¿para qué quiere usted saber la hora, señora, si ya está muerta?, No mire usted, es que van a dividir mis cenizas, la mitad se la van a llevar a un panteón familiar que está en Madrid y la otra mitad la van a dejar aquí en Sevilla, en una capilla expresamente dedicada a mi persona en la iglesia de Nuestro Padre Jesús de la Salud y María Santísima de las Angustias Coronada, la hermandad de los Gitanos, ¿la conoce usted?, Uy vaya si la conozco, Alberto Gallardo, el que fuera legendario capataz del palio fue compañero mío de colegio, No me diga usted, Sí que le digo, es más, los dos o tres años que me contrataron de camarero en el bar de la plaza San Marcos él intentó ayudarme y me metí de costalero en el palio, No me diga que usted llevó a La Madre sobre sus hombros, Pues sí que le digo señora, yo he hecho levantás al cielo con la Señora que me vibraba hasta la médula espinal del alma, Qué bonito, Óle, Pero oiga ¿y usted que va  a hacer ahora?, Pues no sé, esperar a que me cepillen y me limpien y me tiren al wc, o no sé, ¿Se viene usted conmigo?, ¿Yo con usted señora? ¿a dónde?, a mi capilla de la iglesia de los Gitanos, únase conmigo, intérnese en mi cenizas y vayámonos juntos, me ha caído usted muy bien y sola me voy a aburrir, así podemos charlar durante el resto de la eternidad, parece usted un hombre bueno, Soy un hombre bueno señora, solo que tuve muy mala suerte en vida, justo lo contrario que usted, que tuvo mucha suerte, pero no me malinterprete, que yo también pienso que usted es una buena persona, Que bien me cae usted Domingo, ¿es usted creyente?, Pues señora, me agrada que me haga esa pregunta, a pesar de la vida de mierda que he llevado sí que me sigo arrodillando ante la madre Macarena y el Señor de la Sentencia, serán costumbres raras pero a mí aún me siguen produciendo mucho respeto, No me diga usted más, se viene usted conmigo a mi capilla, ¿quiere?, Venga, vale, pero señora, Dígame, Hay una cosa que me inquieta, el miércoles de ceniza le dicen a uno que tiene que convertirse en polvo, y es eso lo que ha ocurrido con usted y conmigo, ya somos polvo, hemos cumplido, hasta ahí bien, y ahora usted quiere que me una a su materia restante, quiere que seamos dos polvos que se unen, sobre el papel usted me está proponiendo que le eche un polvo, mi polvo, y perdone usted mi atrevimiento, No se preocupe que le entiendo y no le malinterpreto, podemos echar un polvo, qué cosas tiene la vida, un polvo postmortem entre una duquesa y el mendigo, suena a cuento y a fantasía, Qué bonito, Óle, Que pena no poder bailar unas sevillanas, ¿conoce usted a alguna ceniza que baile sevillanas?, Que va señora, además es imposible, en los careos de la cuarta los dos cenicientos bailaores saldrían volando y nunca llegarían a acabar, serían unas sevillanas inconclusas, imposibles, Bailemos pues con la mente si le parece, Venga.

El plateado cepillo con el blasón de la casa de Alba barrió todas las cenizas del interior de la incineradora dejándola limpia como un jaspe, hay clases y clases. La totalidad de la consciencia de la duquesa y la escama cenicienta de Domingo Pérez viajaron juntas al interior de la jarrita de alabastro blanco, la jarrita que iba a ser depositada en la capilla de la iglesia de los Gitanos, no se sabe cómo pero Domingo y Cayetana se las ingeniaron para que las cenicientas consciencias no se separaran y se depositaran en la jarra correcta, la otra, la jarrita de mármol rosa que iría a Madrid no era una buena opción, Domingo nunca había estado allí, pero si en algo coincidían es que ambos llevaban a Sevilla dentro de sus corazones, de las cenizas que quedaban de ellos, claro.

Unas explosiones fortísimas se escuchaban en la calle Verónica, gritos y relámpagos interrumpidos por aterradores silencios sepulcrales. Cayetana ¿qué ocurre?, ¿Cómo quieres que lo sepa, Domingo? los años que llevamos aquí en la capilla me han hecho agudizar los sentidos y detectar cosas como el color de la casulla del cura, el perfume que llevan las señoras de la primera fila o incluso el número de niños que lloran dentro de la iglesia, pero de lo que ocurre fuera ni idea, los muros son infranqueables para mi cenicienta consciencia, no sé, suena como a guerra, como a un caos desasosegante, esta iglesia del Valle es tan visceral y plomiza que las cosas de fuera retumban dentro de forma atronadora, ay Domingo, que para mí que estamos en guerra otra vez, al final los rojos y los azules han vuelto a tirarse a los ojos, se van a matar, van a morir inocentes. Cayetana, escúchame mi arma, la gente es tonta, el ser humano alberga de forma innata la incapacidad de ser feliz, todo el mundo quiere lo que no tiene, que es justo lo que el vecino de enfrente posee, y así no Cayetana, así vamos a estar matándonos toda la vida, bueno, mejor dicho, van a estar matándose toda la vida, con lo fácil que es disfrutar de lo que uno tiene, de las cosas que nos hacen sonreír, del mecer de las ramas de un árbol al son de la brisa, de los monumentos antiguos, de los recortes que venden las monjas, de las risas tontas de los enamorados, de las sonrisas sinceras de los niños pequeños, del chirriar de las ruedas de los coches de caballos, del olor a café de los bares que ponen desayunos, del olor a incienso en Semana Santa, del color de la tierra cuando llueve, del mar oscuro cuando es de noche. ¿Sabes qué, Domingo?, que llevas razón, dejemos a los vivos con los asuntos de los vivos, nosotros a lo nuestro, aquí  junto a la Virgen de las Angustias y al Señor de los Gitanos, tízname con la voz de tu pensamiento, sigue acompañándome hasta el fin de los tiempos, bésame.



viernes, 7 de noviembre de 2014

69,4 Km



La borrasca finalmente pasó y el cielo se despejó dejando al aire todas sus vergüenzas estrelladas. No hacía demasiado frío así que allí estaban ellos, los que lloran y ríen, los que viven deslumbrados por el destello de la suerte, sentados frente  al  sonido descontrolado del rompeolas y con los pies hundidos en la profunda oscuridad de aquella noche sin luna. Cada uno abrazaba sus propias piernas flexionadas, mirada al frente, intuyendo el  onírico brillo de los pesqueros que engañan a los peces con sus luces. Y se hablaban, tranquila y pausadamente, sin mirarse, pero se hablaban y gesticulaban con parsimonia.

Las monedas ya no son lo que eran. Antes, en una de sus dos superficies mayores aparecía la cara de alguien, presuntamente a quien echar la culpa de todo, pero hoy ya no, la mayoría de monedas tienen dibujitos por ambos lados, y ninguno de los dos quiere ser el responsable de tomar decisiones delegadas por indecisos. Para aquellos que estaban sentados la moneda permanecería enterrada en la arena como pecuniaria hacha de guerra, nunca se sabría cuál de los dos dibujitos podría ser mejor, ¿el que parece una cara o el que se parece menos aún a una cruz?. Las monedas viven su cuantificada vida condenadas a girar en el aire y decidir por nosotros los indecisos , o uno o el otro, los dos a la vez es imposible, aunque claro, existe una minúscula posibilidad de que la moneda caiga de canto, la tercera y menor de las superficies que componen una moneda, o de que no caiga y se la lleve un pájaro en el pico, o que alguien la atraiga con un potentísimo imán desde la distancia para hacer la gracia, pero no, esas posibilidades remotas no las tienen en cuenta. Damos vida a nuestro destino lanzando monedas al aire, ¿qué tienen que hacer las monedas para que dejen de ser unas oprimidas y azarosas decisoras de destinos? 

Con un imperceptible asentimiento de sus cabezas zanjaron el tema de la moneda  justo en el momento en el que pasó un coche que les deslumbró con los faros. Mantuvieron el tipo como los que creen que no están haciendo nada malo, aunque sí que lo están haciendo. No hacían el mal en sí mismo, de forma intrínseca, hacían un mal oculto, pasional, endiabladamente poblado de sensaciones que les llevaría a devorar la madrugada y a chupetear los huesos de las luces del alba. Pero no puede ser.  Quieren gritar a la noche, maltratarla, elevar una enorme aguja hacia el cielo y reventar el atezado globo cenital, que el estallido derramara la noctámbula tinta sobre sus caras, resbalando por sus mejillas, por sus labios y sentirse como libros deconstruidos, carnes que juegan a ser papel y tinta que emborrona los indómitos deseos que les poseen. Pero el tic-tac del reloj es el patético compañero que les resta solución de continuidad una vez tras otra.

La noche estrelló sus cuerpos el uno dentro del otro con el silencio como abrigo y con el relampagueo de los faros de xenón como aura. Un beso y adiós, la tinta derramada les había oscurecido hasta límites insospechados y así retornarían a sus vidas con los ojos entornados y con el corazón hirviente y helado. Nadie sabe lo que ocurre, nadie sabe lo que ocurrió y sobre todo nadie sabe lo que ocurrirá. Solamente hubo un testigo, un mosquito que se fue con ella, la acompañó en la oscuridad y, que curioso, acabaría recuperando la libertad en el lugar donde descansan los muertos.

lunes, 20 de octubre de 2014

José con acento en la "e"



Es de esa clase de Josés que odian que le llamen Pepe, él es un José notable, canónico, singular, no un vulgar “Pepe”.  Estudió una ingeniería, su mujer trabaja de cajera en Carrefour y el punto central de su vida no son sus hijos sino el hecho de que los tiene metidos en un colegio privado carísimo. Su mesa de trabajo está forrada de fotos de sus hijos con el uniforme del colegio privado carísimo, su foto de whatsapp es una foto de sus hijos con el uniforme del colegio privado carísimo, su perfil de Facebook es una foto de sus hijos con el uniforme del colegio privado carísimo. Encima de su escritorio tiene propaganda del carísimo colegio privado de sus hijos por si cualquiera que pase por su mesa tiene a bien meter a sus hijos en el carísimo colegio privado de los suyos. Las palabras “carísimo” y “privado” le subliman, orbitan alrededor de su pequeñísima cabeza como una suerte de satélites perfectamente sincronizados.

Realmente no es que tenga la cabeza pequeña, es que su cuerpo es inmenso, ovoide, una especie de Papá Noel que ni viste de rojo ni tiene barba. Si le analizamos de arriba hacia abajo, como si le hiciéramos un TAC, su diminuta y rala cabeza se ancha por la parte de la papada, dando paso a unos hombros estrechísimos que poco a poco van anchándose hasta llegar al cénit de su cuerpo que es la barriga, su parte más notable. El punto central de su cuerpo está marcado por la notable hebilla del cinturón que suele colocar con precisión en el centro geométrico del triángulo que forman pezones y ombligo. Su inmenso culo es ya ligeramente menos ancho que su barriga, es un culo trapezoidal, sin embargo la comentada situación de la hebilla hace que los pantalones se hundan en la raja de ese magno culo y a un mismo tiempo en esa cuerda que separa ambos testículos, distinguiendo perfectamente la situación de sus dos cojonazos a simple vista, dos testículos, dos hijos, ambos en un colegio privado carísimo donde estudian chino, ruso, alemán, inglés, francés, azerbaiyano y urdú. La línea que desciende desde sus caderas hasta sus tobillos es endiabladamente vertiginosa, hundiendo sus piernas en dos diminutos tobillos y un minúsculo pie que probablemente no llegue a un 35. Una barbilla debidamente alzada, una mirada de perdonavidas, una sonrisa amplia, confiada y sarcástica adornan su blancuzca cara perfectamente afeitada. Las camisas de cuadros pasadas de moda y los pantalones anchísimos de pinzas de un triste color beige-muerte conforman el contrapunto textil de este formidable personaje que tiene dos hijos en un colegio privado carísimo en el que les enseñan gramática, trigonometría, física cuántica, medicina nuclear, astronomía, aeronáutica, literatura, ingeniería, arquitectura, contabilidad, marketing, psicología, diplomacia, interpretación de los sueños, manejo del ábaco, deontología, teología, historiografía historiada, química, biología,  teoría del caos modificada y veterinaria aplicada haciendo prácticas con dummies del gato de Schrödinger.

El canónico José de acento en la “e” (los Jose con la sílaba tónica en la “o” son igual o más vulgares que los Pepes) nunca va a tomar café con los compañeros, no le gusta mezclarse con la chusma, no habla con nadie, él se dedica a hacer su dificilísimo trabajo, mirar una pantalla con tres cuadrados, uno rojo, uno ámbar y otro verde. Cuando es  el verde el que se ilumina no tiene que hacer nada, cuando se enciende el ámbar retiene el pipí y cuando se enciende el rojo tiene que marcar un número de teléfono, esperar el tono de llamada, esperar a que lo cojan, decir la palabra “Rojo”, colgar, y esperar a que el cuadrado rojo desaparezca como por arte de magia, y si no desaparece, pasados 4 minutos y 59 segundos volver a repetir la operación de la llamada. Su sonrisa prepotente y sarcástica sólo torna en carcajada cuando hay algún jefe a un radio de unos 5 metros de alcance, su estómago y su recto están repletos de semen imaginario de ellos, se excita pensándolo. Pero hay algo que le araña la cabeza, algo que no le cuadra, sus dos jefes no estudiaron en un colegio privado carísimo, son vulgares humanos de colegio público. Por eso, en secreto, mantiene una cruzada con el departamento de Derechos Humanos, que no recursos, por su derecho a ser el jefe de todos, porque en su caso hablamos de un derecho fundamental como es el de que por fin reconozcan que él es un ser superior a la demás chusma, un José con acento en la e, con niños en un colegio privado carísimo cuyos uniformes luce adecuadamente, porque saben astronomía, álgebra, cálculo, finlandés y la disciplina medieval de los samuráis japoneses que les otorgaba la capacidad de cagar haciendo el pino. Su arte en la distinción de tonos bermellón, burdeos o granate del cuadradito rojo que salen en la pantalla de su ordenador es admirable, él es el macho alfa, beta, gamma y así hasta el omega, o incluso alguna que otra letra más que deberían añadir al alfabeto griego en su honor.

Lo más chocante es que semejante sublimación del Homo Sapiens es árbitro de baloncesto, siempre me he preguntado cómo se vestirá para que no le confundan con la pelota, y ojo, que a él no le molestaría, le encanta el baloncesto, claro está, pero jamás colaría por la cesta esa enorme barriga, untado con aceite de oliva quién sabe, pero así en seco no. En cualquiera de los casos, lejos de cualquier cuestión física, él es un José con niños en un colegio privado carísimo que saben chino, japonés, árabe, microelectrónica y astrofísica, quién iba a osar cogerle en peso y tirarle hacia una mierda de aro metálico, si fuera de oro o platino quizás, pero ¿de vulgar hierro o acero?, vamos hombre por Dios, que sus hijos van a un colegio privado carísimo con un precioso uniforme gris con solapas que merece la pena fotografiar y fotografiar y fotografiar y fotografiar y fotografiar y fotografiar. Qué vulgaridad esas de inmortalizar a tus hijos sin posar tiesos como velas con el uniforme del colegio carísimo, que asco de gente.

Es una pena que los hijos crezcan, porque llegará un momento en el que no vayan a un colegio privado carísimo donde puedan aprender meditación, anatomía, natación, reflexología, primeros auxilios y ciencias del mar, sobre todo porque él ya no podrá presumir de ello, tendrá que educar convenientemente a sus dos hijos para que le den muchísimos nietos, y que éstos, por favor, vayan a uno u otro colegio, da igual, pero que sea privado y carísimo, donde enseñen materias que estén fuera del entendimiento del vulgo, cosas sublimes, magistrales, fabulosas. A él ya no le da tiempo, porque sus hijos tienen 7 y 4 años, es decir, ya han nacido, se enteró tarde y se le pasó la oportunidad de meterlos en sesiones preparatorias del parto privadas carísimas, ginecólogos y matronas especializados en educación fetal, meten su cabeza por el coño de la madre y les dan clases de 4 o 5 horas sobre las peculiaridades del acento británico en las colonias victorianas, sobre la melanina, sobre filosofía trascendental, sobre sistemas digitales avanzados, sobre el cosmos, sobre isótopos radiactivos y la trascendencia del bosón de Higgs, pagando un plus incluso te hacen demos con el cordón umbilical. Incluso ha oído comentar que una vez los protomaestros sacan la cabeza del importantísimo coño de la madre se secan con una toalla Lacoste, o Pierre Cardin, o Pertegaz, porque los fluidos de esos niños que van a ir a un colegio privado carísmo deben ser recibidos como Dios manda, hierven la toalla, cuelan el líquido resultante, lo destilan y se lo regalan a sus padres en un frasquito muy cuco de color fucsia para que lo pongan en una repisita del baño, y lo miren a diario mientras cagan, y suspiren, y piensen ay mi niño, que va a ir a un colegio privado carísimo con un uniforme gris con solapas, y se sonrían, y se abracen, y follen para hacer más niños que puedan a ir a más colegios privados carísimos donde enseñen telecomunicaciones, hibridaciones de mamíferos, calculometría, la dualidad onda-corpúsculo y el teorema de Bolzano.

A lo que iba, hoy José ha llegado cabizbajo, uno de sus dos hijos, sí, esos que van a un colegio privado carísimo, el mayor, José como él con acento en la “e”, tiene placas, perdón, amigdalitis, “placas” tienen los niños vulgares, esos que juegan en un parque mientras los suyos descifran el genoma humano. Necesita un comité de expertos que le certifiquen que la bacteria que está atacando a su hijo tenga la forma del símbolo de Nike, o del caballito de Ferrari, o al menos no tenga barba como los perroflautas esos de mierda, que su hijo de colegio privado carísimo tenga una bacteria vulgar es algo que le deprime. Quizás algún niño de mierda de esos de los demás ha tocado con sus sucias manos a su mujer mientras hacía caja en el Carrefour y la bacteria ha viajado hasta su casa, metiéndose en los órganos de su hijo, y tiene fiebre, y se siente mal, y el pobre niño de colegio privado carísimo está jodido. Va al médico, a ese médico del Opus en cuya mesa hay una foto de él, sonriente con sus 14 hijos, en una esquina de la foto, casi al margen, también está su mujer, cenicienta y de ojos tristes, pero no importa, las mujeres son basura, esclavas, si se encuentra mal que se joda, putas mujeres de mierda, nacen con un solo objetivo, dar por culo al macho, al hombre, al del acento en la vocal adecuada. Las mujeres son el desgraciado trámite con el que hay que tragar para conseguir hijos que puedas llevar a un carísimo colegio privado con un logotipo precioso, espectacular. Menudo coño el de esa tía para tener 14 hijos, un puto túnel de autovía, que se joda esa zorra de mierda, a ver si receta un antibiótico adecuado para que el hijo deje atrás esa bacteria vulgar. Pero eso sí, que no sea caro el antibiótico, el sueldo de su mujer de cajera del Carrefour y el suyo de analista simplón que ve cuadraditos de colores no da para mucho, la verdad. Su padre, militar retirado de relumbrón y amiguito de Franco es el que paga el colegio privado carísimo de sus hijos, pero eso no lo sabe nadie, él puede seguir su vida de analista tricolor barato sin problema, porque la gente que le ve le admira, flipa con él. Dos mesas delante de él y un poco a la izquierda hay sentado un señor que lleva dos cruces en los ojos, es un granaíno malafollá, un creído, un chulo, no se le puede dirigir la palabra porque a la primera de cambio te suelta dos frescas que te deja tieso, no le soporta, no ha conocido un tío más borde y gilipollas en su vida, pero es irrelevante porque seguramente él también le admira. Todos le admiran. Tener hijos en un colegio privado carísimo es lo que tiene.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Little boxes



Una  mala persona tiene la oportunidad de ser mejor persona que una buena persona, y eso la convierte en mejor persona que la buena persona, en potencia.  Una persona que ya es buena de facto tiene poco margen de mejora, sin embargo un ser malo tiene mucho que mejorar. Hablando en términos relativos, una mala persona tiene mayor volumen de bondad en potencia que la que contiene una buena persona de facto. Hablamos de diferenciales, no de valores absolutos, la diferencia la aportan los diferenciales, y por eso somos diferentes.  Eso sí, la diferencia entre los diferenciados buenos y malos nunca es en diferido, se vive en tiempo real.

Pongamos un ejemplo. Las buenas personas viven en recipientes de hormigón llamados “casas”, salen de ellas en recipientes llamados “coches”  y van a otros recipientes donde trabajan. A la vuelta pasan por recipientes llamados “supermercados” donde compran cosas pequeñas envasadas en recipientes, y entran en casa todos los recipientes, mayores, medianos y pequeños como si de una matriuska se tratase. Esas personas tienen hijos que meten en recipientes llamados “cunas”, luego en otros llamados “colegios”, más adelante en otros llamados “universidad” y de ahí, como por arte de magia, retornan a la situación de sus padres, es decir, se meten en recipientes de hormigón llamados casas y salen en recipientes con ruedas llamados coches con dirección a recipientes laborales. Los padres acaban en recipientes llamados ataúdes y se introducen en recipientes llamados nichos o tumbas, y los hijos lloran y se van a sus recipientes a penar, donde a partir del día siguiente volverán a la rutina de su vida en recipientes. 

Las vidas de las buenas personas con educación y dinero se basan en un módulo primario llamado “recipiente”, eres mejor persona cuanto más y mejores son tus recipientes, es lo que te distingue de los demás.  “Los licores que guardo en mis recipientes de cristal son extraordinarios, acordes con ellos” dice una mujer a otra mientras juega al pádel en un recipiente de metacrilato. “Mi recipiente con ruedas es capaz de caminar por todos los terrenos, aunque siempre vaya por carretera” dice la otra. “Mis niños viven en un recipiente corporal sano, atlético y su cerebro marcha superbién” o “a mis niños les compraré un recipiente muy exclusivo” dice la otra. La comparativa de recipientes fiscaliza la vida de las buenas y bellas personas, peinadas de peluquería, calzadas con marcas de renombre y oliendo como los mismísimos ángeles. 

Las malas personas tienen un margen de maniobra tremendo porque o bien no disponen de los recipientes adecuados o directamente carecen de ellos.  Introducir el pie en un recipiente de suela de goma similar al que llevan otros muchos seres humanos es algo vulgar.  Pies solamente tenemos dos, nuestra dedicación hacia ellos se divide a un 50%, mitad para el pie izquierdo, mitad para el pie derecho. El cerebro (eso que está en el recipiente llamado “cráneo”) dedica un hemisferio para cada pie, o bien ambos trabajan conjuntamente allá donde pongamos nuestra atención, que es única. La atención prestada por las malas personas difiere alarmantemente de la de las buenas personas, ¿cómo voy a meter yo mi pie en ese recipiente? dice la chica con diamantes en las bragas, tengo que estar más atenta y dedicar mi alma a la introducción de todas y cada una de mis cosas en recipientes idóneos. De hecho su cuerpo es un recipiente, para su marido y para sus amantes, para sus hijos lo fue, ella es una buena persona y se dedica plenamente a ser un buen recipiente para todos ellos, un recipiente múltiple y multitudinario. Ella es feliz así, alejándose de las malas personas que no dedican ni un solo minuto a tener cada día unas ingles brasileñas perfectas, por ejemplo. La keratina es el dedo alzado de Dios que divide a los buenos de los malos recipientes, los que se dedican y los que no se dedican, los que viven enterrados en una soberana montaña de dinero y los que proceden de orígenes humildes, salidos éstos de pobres recipientes maternos, de madres mediocres y doloridas, sin epidural, con grietas en sus senos y lágrimas verdes en sus ojos. 

Magno recipiente es la iglesia, donde se dividen canónicamente los buenos (filas delanteras) y los malos (filas traseras). “Levantemos el corazón”, “Lo tenemos levantado ante el tieso dedo de Dios”. La keratina y los perfúmenes caros abrazan la hostia consagrada mientras que las lágrimas evaporadas de los más asequibles instauran una verde niebla que se arrastra por los marmóreos suelos del fabuloso templo reflejándose en los artesonados como cáscaras de huevo iluminadas por relámpagos. La verde niebla tiene mayor densidad que el aire, el perfume menor densidad, ambos caminan conjunta y estratigráficamente hacia el sagrario, ese recipiente donde viven las hostias consagradas, el cuerpo de Cristo. Al sacerdote en su ornado recipiente textil le pillan siempre, curiosamente, más a mano los perfúmenes que la verde niebla, para la cual tiene que agacharse y la espalda le va a matar. Dios es el padre de los perfúmenes… y bueno, vale, también de los seres de niebla verde, pero sus recipientes no son tan bonitos como los de la cristalina fragancia de las buenas personas. Todos forman La Comunidad Vertical, donde siempre los del bajo aguantarán humedades y siempre los de arriba tendrán mejores vistas, pagando todos la misma cuota. Es injusto. La vida es injusta. La muerte por keratina también lo es, el dedo de Dios es implacable y la vecina del sexto ya sabe que lo nuestro es imposible, ella irá al fragante recipiente del Cielo y yo me aburriré jugando al dominó con demonios inodoros quién sabe si en el infierno o en el purgatorio. Nuestro amor es imposible. O eso o se muda al bajo, porque yo paso de usar el ascensor, me da claustrofobia, y mis zapatillas son de vulgar suela de goma, recipientes primarios, me van a reconocer los del sexto y me van a lanzar por la borda. Y yo no soy Jonás, no hay ballena, sólo hay grupos de canis sentados observando y comentando obras de Mondrian. Y yo no entiendo nada de eso.