lunes, 20 de octubre de 2014

José con acento en la "e"



Es de esa clase de Josés que odian que le llamen Pepe, él es un José notable, canónico, singular, no un vulgar “Pepe”.  Estudió una ingeniería, su mujer trabaja de cajera en Carrefour y el punto central de su vida no son sus hijos sino el hecho de que los tiene metidos en un colegio privado carísimo. Su mesa de trabajo está forrada de fotos de sus hijos con el uniforme del colegio privado carísimo, su foto de whatsapp es una foto de sus hijos con el uniforme del colegio privado carísimo, su perfil de Facebook es una foto de sus hijos con el uniforme del colegio privado carísimo. Encima de su escritorio tiene propaganda del carísimo colegio privado de sus hijos por si cualquiera que pase por su mesa tiene a bien meter a sus hijos en el carísimo colegio privado de los suyos. Las palabras “carísimo” y “privado” le subliman, orbitan alrededor de su pequeñísima cabeza como una suerte de satélites perfectamente sincronizados.

Realmente no es que tenga la cabeza pequeña, es que su cuerpo es inmenso, ovoide, una especie de Papá Noel que ni viste de rojo ni tiene barba. Si le analizamos de arriba hacia abajo, como si le hiciéramos un TAC, su diminuta y rala cabeza se ancha por la parte de la papada, dando paso a unos hombros estrechísimos que poco a poco van anchándose hasta llegar al cénit de su cuerpo que es la barriga, su parte más notable. El punto central de su cuerpo está marcado por la notable hebilla del cinturón que suele colocar con precisión en el centro geométrico del triángulo que forman pezones y ombligo. Su inmenso culo es ya ligeramente menos ancho que su barriga, es un culo trapezoidal, sin embargo la comentada situación de la hebilla hace que los pantalones se hundan en la raja de ese magno culo y a un mismo tiempo en esa cuerda que separa ambos testículos, distinguiendo perfectamente la situación de sus dos cojonazos a simple vista, dos testículos, dos hijos, ambos en un colegio privado carísimo donde estudian chino, ruso, alemán, inglés, francés, azerbaiyano y urdú. La línea que desciende desde sus caderas hasta sus tobillos es endiabladamente vertiginosa, hundiendo sus piernas en dos diminutos tobillos y un minúsculo pie que probablemente no llegue a un 35. Una barbilla debidamente alzada, una mirada de perdonavidas, una sonrisa amplia, confiada y sarcástica adornan su blancuzca cara perfectamente afeitada. Las camisas de cuadros pasadas de moda y los pantalones anchísimos de pinzas de un triste color beige-muerte conforman el contrapunto textil de este formidable personaje que tiene dos hijos en un colegio privado carísimo en el que les enseñan gramática, trigonometría, física cuántica, medicina nuclear, astronomía, aeronáutica, literatura, ingeniería, arquitectura, contabilidad, marketing, psicología, diplomacia, interpretación de los sueños, manejo del ábaco, deontología, teología, historiografía historiada, química, biología,  teoría del caos modificada y veterinaria aplicada haciendo prácticas con dummies del gato de Schrödinger.

El canónico José de acento en la “e” (los Jose con la sílaba tónica en la “o” son igual o más vulgares que los Pepes) nunca va a tomar café con los compañeros, no le gusta mezclarse con la chusma, no habla con nadie, él se dedica a hacer su dificilísimo trabajo, mirar una pantalla con tres cuadrados, uno rojo, uno ámbar y otro verde. Cuando es  el verde el que se ilumina no tiene que hacer nada, cuando se enciende el ámbar retiene el pipí y cuando se enciende el rojo tiene que marcar un número de teléfono, esperar el tono de llamada, esperar a que lo cojan, decir la palabra “Rojo”, colgar, y esperar a que el cuadrado rojo desaparezca como por arte de magia, y si no desaparece, pasados 4 minutos y 59 segundos volver a repetir la operación de la llamada. Su sonrisa prepotente y sarcástica sólo torna en carcajada cuando hay algún jefe a un radio de unos 5 metros de alcance, su estómago y su recto están repletos de semen imaginario de ellos, se excita pensándolo. Pero hay algo que le araña la cabeza, algo que no le cuadra, sus dos jefes no estudiaron en un colegio privado carísimo, son vulgares humanos de colegio público. Por eso, en secreto, mantiene una cruzada con el departamento de Derechos Humanos, que no recursos, por su derecho a ser el jefe de todos, porque en su caso hablamos de un derecho fundamental como es el de que por fin reconozcan que él es un ser superior a la demás chusma, un José con acento en la e, con niños en un colegio privado carísimo cuyos uniformes luce adecuadamente, porque saben astronomía, álgebra, cálculo, finlandés y la disciplina medieval de los samuráis japoneses que les otorgaba la capacidad de cagar haciendo el pino. Su arte en la distinción de tonos bermellón, burdeos o granate del cuadradito rojo que salen en la pantalla de su ordenador es admirable, él es el macho alfa, beta, gamma y así hasta el omega, o incluso alguna que otra letra más que deberían añadir al alfabeto griego en su honor.

Lo más chocante es que semejante sublimación del Homo Sapiens es árbitro de baloncesto, siempre me he preguntado cómo se vestirá para que no le confundan con la pelota, y ojo, que a él no le molestaría, le encanta el baloncesto, claro está, pero jamás colaría por la cesta esa enorme barriga, untado con aceite de oliva quién sabe, pero así en seco no. En cualquiera de los casos, lejos de cualquier cuestión física, él es un José con niños en un colegio privado carísimo que saben chino, japonés, árabe, microelectrónica y astrofísica, quién iba a osar cogerle en peso y tirarle hacia una mierda de aro metálico, si fuera de oro o platino quizás, pero ¿de vulgar hierro o acero?, vamos hombre por Dios, que sus hijos van a un colegio privado carísimo con un precioso uniforme gris con solapas que merece la pena fotografiar y fotografiar y fotografiar y fotografiar y fotografiar y fotografiar. Qué vulgaridad esas de inmortalizar a tus hijos sin posar tiesos como velas con el uniforme del colegio carísimo, que asco de gente.

Es una pena que los hijos crezcan, porque llegará un momento en el que no vayan a un colegio privado carísimo donde puedan aprender meditación, anatomía, natación, reflexología, primeros auxilios y ciencias del mar, sobre todo porque él ya no podrá presumir de ello, tendrá que educar convenientemente a sus dos hijos para que le den muchísimos nietos, y que éstos, por favor, vayan a uno u otro colegio, da igual, pero que sea privado y carísimo, donde enseñen materias que estén fuera del entendimiento del vulgo, cosas sublimes, magistrales, fabulosas. A él ya no le da tiempo, porque sus hijos tienen 7 y 4 años, es decir, ya han nacido, se enteró tarde y se le pasó la oportunidad de meterlos en sesiones preparatorias del parto privadas carísimas, ginecólogos y matronas especializados en educación fetal, meten su cabeza por el coño de la madre y les dan clases de 4 o 5 horas sobre las peculiaridades del acento británico en las colonias victorianas, sobre la melanina, sobre filosofía trascendental, sobre sistemas digitales avanzados, sobre el cosmos, sobre isótopos radiactivos y la trascendencia del bosón de Higgs, pagando un plus incluso te hacen demos con el cordón umbilical. Incluso ha oído comentar que una vez los protomaestros sacan la cabeza del importantísimo coño de la madre se secan con una toalla Lacoste, o Pierre Cardin, o Pertegaz, porque los fluidos de esos niños que van a ir a un colegio privado carísmo deben ser recibidos como Dios manda, hierven la toalla, cuelan el líquido resultante, lo destilan y se lo regalan a sus padres en un frasquito muy cuco de color fucsia para que lo pongan en una repisita del baño, y lo miren a diario mientras cagan, y suspiren, y piensen ay mi niño, que va a ir a un colegio privado carísimo con un uniforme gris con solapas, y se sonrían, y se abracen, y follen para hacer más niños que puedan a ir a más colegios privados carísimos donde enseñen telecomunicaciones, hibridaciones de mamíferos, calculometría, la dualidad onda-corpúsculo y el teorema de Bolzano.

A lo que iba, hoy José ha llegado cabizbajo, uno de sus dos hijos, sí, esos que van a un colegio privado carísimo, el mayor, José como él con acento en la “e”, tiene placas, perdón, amigdalitis, “placas” tienen los niños vulgares, esos que juegan en un parque mientras los suyos descifran el genoma humano. Necesita un comité de expertos que le certifiquen que la bacteria que está atacando a su hijo tenga la forma del símbolo de Nike, o del caballito de Ferrari, o al menos no tenga barba como los perroflautas esos de mierda, que su hijo de colegio privado carísimo tenga una bacteria vulgar es algo que le deprime. Quizás algún niño de mierda de esos de los demás ha tocado con sus sucias manos a su mujer mientras hacía caja en el Carrefour y la bacteria ha viajado hasta su casa, metiéndose en los órganos de su hijo, y tiene fiebre, y se siente mal, y el pobre niño de colegio privado carísimo está jodido. Va al médico, a ese médico del Opus en cuya mesa hay una foto de él, sonriente con sus 14 hijos, en una esquina de la foto, casi al margen, también está su mujer, cenicienta y de ojos tristes, pero no importa, las mujeres son basura, esclavas, si se encuentra mal que se joda, putas mujeres de mierda, nacen con un solo objetivo, dar por culo al macho, al hombre, al del acento en la vocal adecuada. Las mujeres son el desgraciado trámite con el que hay que tragar para conseguir hijos que puedas llevar a un carísimo colegio privado con un logotipo precioso, espectacular. Menudo coño el de esa tía para tener 14 hijos, un puto túnel de autovía, que se joda esa zorra de mierda, a ver si receta un antibiótico adecuado para que el hijo deje atrás esa bacteria vulgar. Pero eso sí, que no sea caro el antibiótico, el sueldo de su mujer de cajera del Carrefour y el suyo de analista simplón que ve cuadraditos de colores no da para mucho, la verdad. Su padre, militar retirado de relumbrón y amiguito de Franco es el que paga el colegio privado carísimo de sus hijos, pero eso no lo sabe nadie, él puede seguir su vida de analista tricolor barato sin problema, porque la gente que le ve le admira, flipa con él. Dos mesas delante de él y un poco a la izquierda hay sentado un señor que lleva dos cruces en los ojos, es un granaíno malafollá, un creído, un chulo, no se le puede dirigir la palabra porque a la primera de cambio te suelta dos frescas que te deja tieso, no le soporta, no ha conocido un tío más borde y gilipollas en su vida, pero es irrelevante porque seguramente él también le admira. Todos le admiran. Tener hijos en un colegio privado carísimo es lo que tiene.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Little boxes



Una  mala persona tiene la oportunidad de ser mejor persona que una buena persona, y eso la convierte en mejor persona que la buena persona, en potencia.  Una persona que ya es buena de facto tiene poco margen de mejora, sin embargo un ser malo tiene mucho que mejorar. Hablando en términos relativos, una mala persona tiene mayor volumen de bondad en potencia que la que contiene una buena persona de facto. Hablamos de diferenciales, no de valores absolutos, la diferencia la aportan los diferenciales, y por eso somos diferentes.  Eso sí, la diferencia entre los diferenciados buenos y malos nunca es en diferido, se vive en tiempo real.

Pongamos un ejemplo. Las buenas personas viven en recipientes de hormigón llamados “casas”, salen de ellas en recipientes llamados “coches”  y van a otros recipientes donde trabajan. A la vuelta pasan por recipientes llamados “supermercados” donde compran cosas pequeñas envasadas en recipientes, y entran en casa todos los recipientes, mayores, medianos y pequeños como si de una matriuska se tratase. Esas personas tienen hijos que meten en recipientes llamados “cunas”, luego en otros llamados “colegios”, más adelante en otros llamados “universidad” y de ahí, como por arte de magia, retornan a la situación de sus padres, es decir, se meten en recipientes de hormigón llamados casas y salen en recipientes con ruedas llamados coches con dirección a recipientes laborales. Los padres acaban en recipientes llamados ataúdes y se introducen en recipientes llamados nichos o tumbas, y los hijos lloran y se van a sus recipientes a penar, donde a partir del día siguiente volverán a la rutina de su vida en recipientes. 

Las vidas de las buenas personas con educación y dinero se basan en un módulo primario llamado “recipiente”, eres mejor persona cuanto más y mejores son tus recipientes, es lo que te distingue de los demás.  “Los licores que guardo en mis recipientes de cristal son extraordinarios, acordes con ellos” dice una mujer a otra mientras juega al pádel en un recipiente de metacrilato. “Mi recipiente con ruedas es capaz de caminar por todos los terrenos, aunque siempre vaya por carretera” dice la otra. “Mis niños viven en un recipiente corporal sano, atlético y su cerebro marcha superbién” o “a mis niños les compraré un recipiente muy exclusivo” dice la otra. La comparativa de recipientes fiscaliza la vida de las buenas y bellas personas, peinadas de peluquería, calzadas con marcas de renombre y oliendo como los mismísimos ángeles. 

Las malas personas tienen un margen de maniobra tremendo porque o bien no disponen de los recipientes adecuados o directamente carecen de ellos.  Introducir el pie en un recipiente de suela de goma similar al que llevan otros muchos seres humanos es algo vulgar.  Pies solamente tenemos dos, nuestra dedicación hacia ellos se divide a un 50%, mitad para el pie izquierdo, mitad para el pie derecho. El cerebro (eso que está en el recipiente llamado “cráneo”) dedica un hemisferio para cada pie, o bien ambos trabajan conjuntamente allá donde pongamos nuestra atención, que es única. La atención prestada por las malas personas difiere alarmantemente de la de las buenas personas, ¿cómo voy a meter yo mi pie en ese recipiente? dice la chica con diamantes en las bragas, tengo que estar más atenta y dedicar mi alma a la introducción de todas y cada una de mis cosas en recipientes idóneos. De hecho su cuerpo es un recipiente, para su marido y para sus amantes, para sus hijos lo fue, ella es una buena persona y se dedica plenamente a ser un buen recipiente para todos ellos, un recipiente múltiple y multitudinario. Ella es feliz así, alejándose de las malas personas que no dedican ni un solo minuto a tener cada día unas ingles brasileñas perfectas, por ejemplo. La keratina es el dedo alzado de Dios que divide a los buenos de los malos recipientes, los que se dedican y los que no se dedican, los que viven enterrados en una soberana montaña de dinero y los que proceden de orígenes humildes, salidos éstos de pobres recipientes maternos, de madres mediocres y doloridas, sin epidural, con grietas en sus senos y lágrimas verdes en sus ojos. 

Magno recipiente es la iglesia, donde se dividen canónicamente los buenos (filas delanteras) y los malos (filas traseras). “Levantemos el corazón”, “Lo tenemos levantado ante el tieso dedo de Dios”. La keratina y los perfúmenes caros abrazan la hostia consagrada mientras que las lágrimas evaporadas de los más asequibles instauran una verde niebla que se arrastra por los marmóreos suelos del fabuloso templo reflejándose en los artesonados como cáscaras de huevo iluminadas por relámpagos. La verde niebla tiene mayor densidad que el aire, el perfume menor densidad, ambos caminan conjunta y estratigráficamente hacia el sagrario, ese recipiente donde viven las hostias consagradas, el cuerpo de Cristo. Al sacerdote en su ornado recipiente textil le pillan siempre, curiosamente, más a mano los perfúmenes que la verde niebla, para la cual tiene que agacharse y la espalda le va a matar. Dios es el padre de los perfúmenes… y bueno, vale, también de los seres de niebla verde, pero sus recipientes no son tan bonitos como los de la cristalina fragancia de las buenas personas. Todos forman La Comunidad Vertical, donde siempre los del bajo aguantarán humedades y siempre los de arriba tendrán mejores vistas, pagando todos la misma cuota. Es injusto. La vida es injusta. La muerte por keratina también lo es, el dedo de Dios es implacable y la vecina del sexto ya sabe que lo nuestro es imposible, ella irá al fragante recipiente del Cielo y yo me aburriré jugando al dominó con demonios inodoros quién sabe si en el infierno o en el purgatorio. Nuestro amor es imposible. O eso o se muda al bajo, porque yo paso de usar el ascensor, me da claustrofobia, y mis zapatillas son de vulgar suela de goma, recipientes primarios, me van a reconocer los del sexto y me van a lanzar por la borda. Y yo no soy Jonás, no hay ballena, sólo hay grupos de canis sentados observando y comentando obras de Mondrian. Y yo no entiendo nada de eso.

martes, 17 de junio de 2014

Homenaje a Rodrigo Caballero, juglar invidente de insigne memoria


Con tan sólo ocho años de edad cayó el telón de la realidad visible para Rodrigo Caballero, una mala pasada del destino le lanzó una piedra a la cabeza dejándole ciego para el resto de su vida. Ese grave contratiempo no supuso un freno para su pasión, la música, y su trabajo de juglar. Al principio fue difícil, cuando pasaba por los caminos, azotado por el viento y herido por el granizo los chicos se reían de él diciendo: «¡Qué viene el lobo, cieguecito, que viene el lobo!» El pobre niño sonreía, porque nunca aprendió a maldecir. Un ermitaño tuvo compasión de él, le recibió en su ermita, le enseñó gramática e hizo de él un maestro de bondad inagotable, abanderándose de frases como “mejor es dar a un niño educación que riquezas” o “la cultura abre algunas puertas pero la educación las abre todas”

Nadie sabía tantos cantares como él ni los cantaba con tanta maña, por lo que pronto las fiestas que organizaba hechizaron las cortes de los más famosos reyes de su tiempo. Cruzó tierras y mares para atender los ruegos de todos aquellos señores que querían disfrutar de su oficio. Los salones de palacios y castillos henchían y resonaban de aplausos que reventaban al terminar los banquetes que amenizaba con sus versadas artes.

Rodrigo Caballero celebraba a los héroes mitológicos de su tierra, una encrucijada de caminos y lugar de paso obligado donde sólo había una posada refulgente de ecos antiguos y espectrales, de palmeras taladas y de silencios prolongados. Una posada donde los muebles y enseres se encastraban en un orden milimétrico y donde en ocasiones se podía escuchar el caminar de las ratas por las cálidas techumbres. Pinos, lapas, rateras, viejos mataderos, granito, campillos, tablas y llanos de liebres trazaban la esfera cósmica de su universo invisible.

A Rodrigo las damas le sonreían, los caballeros le alababan y los reyes le regalaban sus más preciadas joyas, pero tanto bullicio ensombrecía su alma piadosa. Toda la alegría que brotaba alrededor con sus versos le generaba al mismo tiempo un inmenso vacío en su corazón. Y este fue el verdadero motivo por el que no permanecía en un mismo lugar durante más de un año, echándose el arpa al hombro y dejando que su inseparable lazarillo Héctor le condujera a un nuevo señorío o a una nueva corte a la que deleitar.

En mitad de uno de esos caminos perdidos sintió el aleteo de un ave de gran tamaño que le inquietó sobremanera, desazón que pronto cedió ante una sensación única de paz. Una voz que venía desde su futuro le tranquilizó, era un ángel de oscura melena y profundos ojos negros que anunciaba su presencia con el roce de sus alas en la frente de Rodrigo. «Tu amor está a la orilla de la infancia, es una mujer dulce, pespunteada y granítica, la encontrarás en tu camino al lado de una fuente» le dijo. Y después de incrustarle un tierno beso radiactivo en su mejilla el ángel levantó el vuelo y se alejó hacia su lugar del tiempo ulterior.

A los pocos días de camino pasó junto a un pequeña torrentera de agua donde se entremezclaban el olor del jazmín y la tierra mojada. Asustado, notó como de pronto alguien le arrebataba su arpa y empezaba a tocarla torpemente. El sonido giraba alrededor suya, no podía ver, pero podía sentir cómo alguien le contorneaba bailando y jugando con su arpa. «¿Cómo te llamas?», preguntó Rodrigo. «Aunque no soy -respondió una voz femenina- más que una pequeña flor que crece al borde del agua, me llaman Ceres, la pequeña reina de la fuente», «¿Pespunteada?», «Sí, pespunteada e hija de Dios al que canto para su gloria y felicidad del paraíso». Rodrigo comprendió inmediatamente que aquella era la mujer a la que Dios había unido su corazón. La ceguera no fue obstáculo para que entre ambos levantaran como inefables arquitectos una sólida familia de la que brotaron dos retoños, un niño y una niña. De ella, de la niña, cuenta la leyenda que era capaz de volar hacia el pasado como paloma entre una bandada de cuervos.

Cuando con el transcurso del tiempo los retoños empezaban a construir sus nidos, la enfermedad convirtió la cama de piedras y ceniza de Rodrigo Caballero en un lecho de muerte. Su familia le abrazó desesperada intentando retener sin éxito esa barca que poco a poco le arrastraba hacia la corriente final. El último tránsito cerró sus ojos consiguiendo recuperar la visión por toda la eternidad. Rodrigo Caballero aprovechó su fabuloso nuevo estado para reencarnarse en una rosa, una rosa que anhelaba observar a aquella paloma que le golpeó la frente en el camino polvoriento de otro tiempo. La primera vez que la tuvo cerca se arrojó a sus pies temeroso de que no le viera y le pisara pero ella, siempre atenta, la recogió. Se la puso a la altura de los ojos y la miró fijamente. Se miraron a los ojos por primera vez en sus vidas con extraordinaria nitidez. Feliz, Rodrigo Caballero se deshizo de su disfraz floreado, saltó hacia ella, le incrustó un tierno beso radiactivo en su mejilla y levantó el vuelo hacia ese lugar donde descansan todas aquellas personas a las que seguiremos tributando en recuerdo mientras las arpas sigan amenizando las vidas de héroes de otros tiempos.

miércoles, 4 de junio de 2014

El Rey ha abdicado, Viva la Reypública



Son varias las personas que se han interesado por mi opinión sobre la abdicación del Rey y aquí os dejo esta reflexión abierta.

Un trozo de tierra donde viven muchos millones de personas singulares, cada cual con su pensamiento y forma de ver las cosas, tiene dos posibles caminos: el orden o la anarquía. Soy persona a la que le gusta respetar y que le respeten, me gusta el orden y la armonía en el sentido más amplio de la palabra, y esa armonía creo que sólo se puede conseguir codificando y ajustándonos todos a una serie de reglas que regulen la vida. Esos son los principios básicos de un Estado de Derecho, el que se rige por leyes y normas elaboradas entorno a la norma suprema, la Constitución. 

Dentro de un Estado de Derecho respetar las leyes no es una opción, es una obligación; máxime cuando la norma suprema ha sido refrendada por el pueblo.  La Constitución Española fue ratificada en referéndum el 6 de diciembre de 1978 y en ella dice que España es una monarquía parlamentaria con su sucesión prevista en el artículo 57, que los colores de la bandera son rojo amarillo y rojo y otra serie de cosas preceptivas. Independientemente de mis simpatías a la familia que ocupan la corona, el sentido que tiene la institución monárquica en el s.XXI o si el rojo y el amarillo me favorecen, creo en el orden y la armonía y respeto la Constitución.  En ese sentido, doy la bienvenida al Rey Felipe VI y espero que bajo su mandato a todos nos vaya un poco mejor.

La Constitución Española, como todo en esta vida, es mejorable. Bajo mi punto de vista lo peor que tiene la carta magna es la división de España un estado de autonomías, sería lo primero que modificaría. Tiramos dinero a espuertas en abultadísimas administraciones autonómicas y pesadísimos cuerpos de funcionarios cuando las experiencias políticas de otros países nos demuestran que la unidad no sólo hace la fuerza sino que también optimiza lo económico y social. Desgraciadamente en este país somos muy ombliguistas y exagerados, hay catalanes supercatalanes nada españoles, vascos supervascos nada españoles, y españoles superespañoles igual de nacionalistas que los anteriores. En medio de todos ellos estamos los templados, los que somos españoles porque nuestras madres nos parieron aquí y nos rige ese bello refrán que dice que uno no es de donde nace sino de donde pace.

Ideológicamente me siento más próximo a los ideales de la República. La monarquía “de origen divino” y cuyo relevo se apoya en la genética es algo que en el s.XXI huele un poco a rancio. No es que con un presidente de la República fuéremos a estar mucho mejor, creo que seguiríamos exactamente igual, pero al menos el Jefe del Estado sería elegido por el pueblo, algo más acorde con un país que se autoproclama democrático. El actual Jefe del Estado está donde está por merced de la descendencia del Rey Luis XIV de Francia, “rey Sol” puesto ahí según él por orden divina; y por merced del dictador Francisco Franco, quien volcó en Don Juan Carlos sus aspiraciones de continuidad dictatorial. Afortunadamente éste giró valerosamente el timón. ¿Cambiaría ese apartado de la Constitución? Pues psí, pero realmente no creo que sea algo imprescindible en estos momentos, nos acucian problemas peores, el problema del paro o el de las autonomías por ejemplo lo veo más relevante. Si de mí dependiera iniciaría un dialogo multilateral para intentar caminar ordenadamente hacia la unidad y disolver la rueda de molino que España tiene atada al cuello con esa memez de las autonomías.

En España ya hubo 2 ensayos fallidos de República, la segunda y más reciente abortada por el alzamiento militar en una parte de España y la declaración de la revolución socialista en la otra en 1936. La II República surgió mediatizada por las consecuencias de la crisis económica mundial de 1929, el auge de los fascismos en Europa y una alarmante impaciencia por construir y deconstruir atropelladamente en reacción a los años de dictadura de Manuel Primo de Rivera y el aquiescente reinado de Alfonso XIII. Esta II República Española no es ni por asomo extrapolable a la España de 2014, ni para lo bueno ni para lo malo. Eso sí, tengo que reconocer que estéticamente la bandera de la República me parece mucho más bonita que la actual. 

Las manifestaciones republicanas con ocasión de la abdicación de Don Juan Carlos I están en parte teñidas de populismo alentadas por los resultados de las recientes elecciones al parlamento europeo. La profunda crisis económica que atraviesa España ha hecho que el bipartidismo pierda comba, el pueblo se está dando cuenta que PP y PSOE se han alternado en el poder sin conseguir soluciones eficaces a los problemas que nos afectan. Desgraciadamente la alternativa que se vislumbra a ese bipartidismo es bajo mi punto de vista peor que lo que ya tenemos: Izquierda Unida, un partido que 25 años después de la caída del muro sigue enarbolando banderas de Cuba; y Podemos, un engendro populista al más puro estilo Hugo Chávez que debería hacer saltar todas las alarmas a las personas que tienen como costumbre pensar. Salimos de Málaga y nos dirigimos prestos para entrar en Malagón. La izquierda radical globalizada se está abriendo paso provocando la consecuente reacción de la extrema derecha, no hay más que ver los resultados obtenidos en las europeas por partidos como el Frente Nacional Francés de ultraderecha de Marine Le Pen o partidos pronazis como el griego Amanecer Dorado que dan auténtico terror. 

A todo esto, en España flota en el ambiente una errónea asociación de ideas entre izquierda y república. La república es un modo de gobierno, no una ideología. La república puede ser gobernada indistintamente por la izquierda, el centro o la derecha según decidan las urnas. Sin ir más lejos, la muy nombrada e idealizada II República Española fue gobernada durante años por Niceto Alcalá-Zamora, líder de un partido de derechas. Que en las elecciones generales de 2011 casi 11 millones de españoles decidieran que Mariano Rajoy debía ser el presidente del gobierno de España es absolutamente independiente de si el jefe del estado era un rey o un presidente de la república. Guste o no, es lo que ha decidido la mayoría del país y hay que acatar las normas y ser armonioso y democrático.

El idiotismo como forma política de la idiotez campa hoy día a sus anchas por nuestro pobre país. No hizo suficiente daño la Guerra Civil Española como para que 75 años después las ideologías protagonistas sigan tirándose los trastos a la cabeza en lugar de meditar sobre la presunta bondad de esa actitud estúpida. Los líderes de la populista izquierda idiotizada de España pretenden sembrar la semilla del odio en la gente más golpeada por la crisis: los que sufren, los que están en paro, los que pierden sus casas, etc. creando un anticristo: “la derecha que les oprime” a la que se le debe añadir los adjetivos de “fachas”, “nazis”, etc. En reacción, la enranciada derecha idiotizada de España se defiende recuperando adjetivos como “rojos” o añadiendo otros nuevos como “perroflautas”.  El resumen de la situación política para el engrosado subconjunto de españoles mononeuronales es que los fachas gobiernan y los rojos montan el pollo. No señor, no. No seamos tan simplistas, España es una democracia muy joven, no hagamos el imbécil cuando aún no han pasado ni 40 años. Seamos respetuosos, conservemos el orden, las formas, el diálogo y la armonía. Respetemos las leyes y respetémonos a nosotros mismos. Nos irá mejor.

jueves, 15 de mayo de 2014

El convento y la radiactividad occidental



La clave del grave y sonrojado arco de medio punto ya notaba las vibraciones. Cada una de las pisadas que golpeaban suelo laureado producían una sonora onda expansiva que hacía temblar los propios cimientos del convento. Su sola presencia tornaba en silencio la abrasadora estridencia de las chicharras. Ya había llegado.

Desde lejos se intuía su presencia conforme iban desapareciendo las copas de formidables árboles que se arrodillaban capitulando ante su atezada presencia. Los dos hermosos agujeros negros que adornaban su cara se proyectaban en las paredes como oscuros rayos láser que carbonizaban los mejores y más antiguos enlucidos. Tras de sí el pavimento se agrietaba y se precipitaba al abismo fundido del subsuelo. Atila sólo fue un pobre diablo.

La única manera de salir a su encuentro era provisto de un robusto traje tejido con una complicada amalgama de amianto, cerámica y diamante. La protección ocular era sin duda el aspecto más importante que había que cuidar, su extraordinaria energía y su eterna belleza eran capaces de licuar los globos oculares en décimas de segundo. 

Una vez inserto en el traje protector, mi audacia y yo bajamos las escaleras a su encuentro junto a la máquina del café del patio porticado, donde los arcos de medio punto ya la contemplaban reblandecidos y chorreando por los fustes. Cara a cara su radiación asustaba menos que sus profundos ojos negros. El oleaje nocturno de su pelo y su aroma a madera, miel y canela desactivaban todos los mecanismos de defensa del sistema inmune despojando a los tristes seres humanos de su presumible decoro. No existe, ni ha existido, ni existirá ser alguno de la Creación que no se estremezca frente a tan formidable mujer. 

El horrendo café de la máquina y el intercambio de palabras poco a poco van coloreando su aura de tonos azulados y cortantes, y es aquí donde el diamante del traje cobra su sentido pues dicho tono estimula la condensación de cristales de hielo que insertados en la piel la agrietarían lentamente hasta la muerte. Una muerte horrible que podría durar días.

El azul torna en ocre cuando rítmico la observo de espaldas, apoyada y dulce. El mar oscuro de su cabeza se derrama por todo su cuerpo sumergiendo la pequeña estancia en un universo de burbujas y ascuas. El averno se inserta en nuestras pituitarias recordándonos que es un mundo real donde estamos remando de forma ficticia. No tenemos barco, pero tenemos un mar. Por unos instantes nos dibujamos como osados navegantes que dejan atrás la tediosa e intrincada travesía para estallar en el orgasmo de la ignota tierra firme.

El humo del cigarro poco a poco nos devuelve a la realidad de los barcos imaginarios, los arcos fundidos y el traje protector. Desde el cielo baja una bestia de siete cabeza que con siete timbres de voz distintos anuncian la partida de la mujer de fuego. Como un oleaje oscuro la veo alejarse, haciéndose inclinar de nuevo a todos los seres vivos que se cruzan en su camino. El silencio desaparece, las chicharras vuelven a tronar y la soledad del navegante que mira el mar desde tierra firme me ahoga. Recojo las cenizas que ha dejado a su paso y una vez retirado el traje me las froto por mi cuerpo desnudo casi como una plegaria. La campana me hace el vacío en la cabeza, vuelvo a mi sitio y me zambullo de nuevo en el mundo de las cosas que ya no están. 

Espero poder volver verte pronto, mujer radiactiva.