lunes, 21 de octubre de 2013

Gabrielle



Las gotas que resbalaban por el cristal le hacían recordar cómo la lluvia empapaba el joven y azulado ondear de su mirada en su tránsito por las calles de Berlín. En aquel tiempo lucía esa media sonrisa que plantaba sus pies con confianza sobre el resbaladizo adoquinado de su lapso vital. No llevaba flores en su pelo y no las necesitaba, eso eran cuentos chinos.

Recordaba aquellas mañanas en las que no la dejaban entrar en el juzgado por presentarse descalza y sin sujetador, dejando entrever sus enormes y turgentes pechos a través de esa rancia camisa que en ocasiones le prestaba su madre.  Los días que aun así le permitían ejercer su trabajo de procuradora siempre lo hacía con esa característica y ámplia sonrisa. No se reía de nadie, respetaba por docquier, se sentía feliz y triunfante de poder hacer exactamente lo que ella quería.

Pensaba en él, esa gran barba negra, esas enormes gafas y ese sereno caminar con los pies sobre el cielo. Tenía la curiosa costumbre de caminar bocabajo, lo que le confería su característica tez rojiza. Sus pies se encontraban suspendidos a unos 3 metros y medio del suelo, de tal modo sus besos se alineaban a la perfección uniendo narices con barbillas. El suyo era un insólito arquetipo de amor verdadero.

La lluvia arreciaba al otro lado del cristal mientras recordaba cómo les fusionó ese peculiar estilo de vida meditadamente austero y descuidado que dejaba a un lado apartados cruciales donde jamás se debiera escatimar: el alimento del cuerpo y del alma. Ambos eran avezados cocineros y las materias primas usadas eran dignas de las más exquisitas cortes reales. Por otro lado su casa fue ideada como morada de libros, por lo que evitaron colocar puertas y escaleras para que ellos pudieran campar a sus anchas y revolcar sus páginas en una orgía de letras derramadas por el suelo.  La lectura de poesía alemana, entre otros manjares, era el alimento del alma.

Y las guitarras. Ay Dios, las guitarras, eran la pasión de él. En 1970 ella le regaló un vetusto libro japonés medio desbaratado que olía a sopa, donde se describían antiguas técnicas de construcción de guitarras clásicas. Que curioso, un libro japonés de guitarras, pensó. Él tardó un año en desentrañarlo y como una exhalación se sumergió en la investigación y ensayo de las maderas, geometrías, sonidos, armónicos, colas y técnicas de antiguos maestros lutieres. Sólo descansaba para leer al padre del romanticismo alemán. Reconocía haberse masturbado muchas veces leyendo a Goethe. Su primera guitarra sonó sorprendentemente bien, se la regaló a una pequeña gaviota que había extraviado su vuelo hacia el interior de las extremaduras. La segunda guitarra fue su primera obra maestra. Un maestro vienés pasó por la puerta de su casa y se contorsionó con el flujo del sonido de la guitarra que provenía del interior de esa extraña casa de cebada. Se sintió alarmado de que un libro le mirara excitado por la ventana y que temeroso corriera las cortinas. Al abrir la puerta, el maestro vienés le exhortó a que aquel sonido fuera suyo, quería poseerlo. Al sonido. Muchos litros de cerveza después la guitarra viajó a Viena donde a día de hoy sigue expuesta junto a cuernos de la abundancia y maceteros románicos de cristal rosa. Sólo se usa en ocasiones singulares cuando cielo y tierra se abaten.

¡Por fin! ¡Ya está aquí!. Él ha pasado una nueva y triste noche sin ella, pero el sol vuelve a salir en la cara del hombre colgado bocabajo cuando ve a su ángel de germánicos ojos azules. Ninguno de los amagos que ella hace se traducen en el más mínimo movimiento en su silla de ruedas. Tampoco puede hablar y no entiende casi nada de lo que sus sentidos le cuentan. Es un raído colchón de amor lleno de recuerdos y cebada. Inmóvil, ella sonríe ampliamente, como si estuviera entrando por la puerta de aquellos juzgados de Berlín. Es un extraño día porque le acompañan otros seres esféricos y angelitos que recuerdan a aquella gaviota de vuelo extraviado que hoy debe estar tocando la guitarra a la orilla de cualquier mar olvidado.

Él desciende de los cielos para alinear su boca con la de ella y a continuación coge su mano. Se contorsiona para salvar la mayúscula dificultad de encenderle un cigarro, el único tesoro que ella sigue reclamando. Encender un cigarro bocabajo sin quemarse el pelo mientras esconde las lágrimas que todos los días vierte por ella es una formidable tarea. Es ella pero no es ella. La parte que permanece de aquella mujer sin sujetador está encerrada en el cofre de su cabeza, y nadie sabe donde se fue la llave. El azul germánico brilla pero nadie lo ve salvo ella misma. Goethe, los libros, las guitarras, todos lloran ante la tenue miseria de su ausencia. Sigue, pero estás parada. Los adoquines de Berlín flotan entre aglomeraciones de personas que no saben caminar bocabajo, siguen mojados, empapados en lágrimas y cerveza, en polvo y cieno. Acaba su cigarro y el cofre vuelve a su sitio. Hasta mañana, si Goethe quiere.

 Descansa en paz por la vida que te queda por vivir. 

viernes, 21 de septiembre de 2012

El fantasma de cristal


Ella flotaba majestuosa en un punto concreto del espacio. Trazando una línea recta llegábamos al punto donde él también flotaba, cruzándose las miradas en un lapso intemporal.

Ambos sufrían de una manera alarmante con el fantasma que se dedicaba a oscilar entre el uno y la otra. Arrastraba sus cadenas con un horrible estruendo a la misma vez que emitía un fastidioso ruido, como el de uñas que rasgan una pizarra. Ambos se tapaban los oídos con fuerza sin poder evitar que ese desagradable sonido les taladrara el cerebro como si fuera un punzón férreo al rojo vivo.

De los fantasmas es proverbial su translucidez, mas la de éste era suprema pues se podía ver a través de una forma clarísima, como si de un cristal se tratara. Abrían los ojos y sólo se veían ellos mismos, cada uno en un extremo, solos en el espacio, atormentados con el dolor y los sonidos espectrales.

La extrema racionalidad de ambos les apartaba de la realidad: esos extraños y desagradables fenómenos que les atormentaban no provenían de ellos mismos sino de una entidad cuya explicación sería y es más que dudable. Luego el sufrimiento necesariamente había de provenir del otro, del que tenían enfrente. Los fantasmas no existen, el causar daño gratuitamente sí.

La lógica parecía conducir a pensar que esa persona flotante de enfrente y a quien amaban profundamente era el causante del dolor. Siendo absolutamente incomprensible, la necesidad de defensa se aupó sobre la razón y comenzó el ataque mutuo, la descorazonadora batalla entre personas que se aman.

El resultado de tan formidable lucha suele ser nefasto entre personas volubles, mas en esta ocasión el deseo tornó la razón en un inexplicable empuje físico, una irracional carrera hacia el punto central, donde uniéndose en un abrazo perpetraron casi sin quererlo la rotura del cristal fantasmal.

La moraleja de esta fabulosa historia es que la razón debe someterse al cariño, pues los fantasmas sin vida sólo pretenden cruzar las inodoras avenidas del espacio coloreando su muerte con la desdicha de los vivos.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Fuego sin esperanza



Eran las 3 de la madrugada del recién inaugurado 12 de agosto de 2012 cuando unos extraños ruidos parecían provenir de las azoteas de la comunidad. La configuración cerrada de ésta entorno a un patio interior hacía que sonaran amplificados como si de una caja de resonancia se tratara. Sillas y sombrillas que caen a la calle, grifos que se abren y no se cierran, varios huevos de gallina estrellados en el suelo con gran violencia.

A los pocos minutos los vecinos de edificios colindantes bajan a la calle en pijama gritando "¡Fuego!, ¡Fuego!". En el garage se había declarado un extraño incendio, 3 coches y 4 motos, cada uno de ellos en un extremo, ardían. Policía y bomberos hicieron su trabajo no pudiendo evitar la catástrofe. Primeras conclusiones: Cuatro focos distintos el incendio es claramente provocado.

Aquella noche sólo 2 de los 15 vecinos dormían en su casa, el resto estaban de vacaciones. Ella, al oír las voces abrió la puerta de su casa para ver que ocurría y se encontró con unas llamaradas inmensas. Entró en estado de shock de modo que los bomberos tuvieron que sacarla en camilla. Él había llegado en bicicleta a las 1:30 de la madrugada. A las 3:30 abrió la puerta de su casa, miró las llamas impertérrito y tras lanzar una casi imperceptible sonrisa cogió su bicicleta y se marchó de nuevo como si con él no fuera la cosa.

Los días a continuación fueron de un incesante ir y venir de policía científica, bomberos, peritos y aseguradoras, fontaneros, electricistas y un largo etcétera de actores que intentan acelerar la recuperación del maltrecho edificio. Ni agua, ni saneamientos, ni electricidad, ni telecomunicaciones... Nada. En 3 semanas el edificio recuperó su habitabilidad y todos sus servicios, manteniendo aún las cicatrices del fuego en su piel. Llegó el día en el que se restableció el suministro en el último de los pisos. Le sucedió una nueva noche extraña.
A las 2 de la madrugada, casi como una profecía, nuevos ruidos quiebran el silencio del patio. Cristales que se rompen, ventanas que se abren y se cierran. En la comunidad de nuevo sólo hay 2 personas, una chica distinta a la del primer incendio y él. La extraña sucesión de ruidos la alarmó de inmediato. Se asomó al balcón y vio como salían del piso de él botellas y jarras de cristal volando que acababan estrellándose en el suelo. Inmediatamente llamó a la policía que, dados los antecedentes, se apresuró y estuvo escrutando la comunidad palmo a palmo linterna en mano. Él se asomó a la ventana quejándose de los ruidos a esas horas de la madrugada reclamando su derecho a dormir porque a las 5 de la mañana se tenía que levantar. La confusión y la ausencia de rastros hacen volver a la policía a la comisaría. Falsa alarma.

No habían pasado 20 minutos desde que los policías decidieron irse cuando de nuevo empieza la retahíla de objetos lanzados. Nueva llamada y en este caso la policía se centra en su casa. Llaman, llaman, llaman, golpes en la puerta, voces pero nada. No abre. Sin potestad para derribar la puerta de donde permanece atrincherado, se vuelven a la comisaría y envían a varios policías de paisano quienes patrullarían durante toda la noche por la calle sin éxito.

A la mañana siguiente, la luz del día descubre papeles amontonados y quemados en cuadros eléctricos y contadores. Sin duda ha sido un nuevo intento de incendio. Nuevamente policía científica y delegados de seguridad del ayuntamiento se presentan para tomar muestras y mostrar su preocupación ante lo que parece una declarada inquina y odio hacia una comunidad que alguien ha decidido que debe arder.

Ir y venir de especialistas y técnicos, teorías que retumban en el patio de la comunidad sobre la autoría de ambos sucesos. Pasado el mediodía la policía acaba su trabajo y con ellos todos los demás desalojan la comunidad menos el administrador, que queda envuelto en el habitual silencio sepulcral del patio. Una llave gira y él sale de su casa. El administrador perplejo pregunta ¿no te has enterado que te han estado llamando la policía toda la noche y parte de la mañana?¿No tenías que despertar a las 5 para trabajar?. Él se encoje de hombros y con una expresión extrañada dice "me he tomado un Myolastán y no me he enterado de nada", da media vuelta, coge su bici y luciendo de nuevo esa extraña sonrisa se va.

Su piso es el más pequeño y está de alquiler. Es el único que no se ha visto afectado en el incendio. Tampoco tiene más vehiculo que la bicicleta, por lo que tampoco sus pertenencias han sido afectadas lo más mínimo. No ha perdido nada.

La vela que mantiene encendida día y noche en su ventana sigue alumbrando su oscuridad.

martes, 17 de julio de 2012

Dimensión, espacio, tiempo y fenómenos paranormales


Dimensión es una abstracción que define las características métricas o topológicas de un objeto, o bien el valor de su medida. Nuestra relación cotidiana con la dimensión es el volumen, las tres dimensiones en las que presumiblemente vivimos. Y digo presumiblemente pues la afirmación más acertada sería decir que vivimos – al menos – en cuatro, siendo la cuarta dimensión lo que llamamos “tiempo”.

Entender el tiempo como cuarta dimensión es sencillo. Una línea recta constituye la primera dimensión, formada a partir de una sucesión infinita de puntos o elementos adimensionales. Un plano, la segunda dimensión, se construye con una sucesión infinita de rectas. El espacio, las tres dimensiones, se consiguen tras seriar infinitos planos. Sería lógico pensar que la cuarta dimensión es una sucesión infinita de espacios, una serie de “fotogramas volumétricos”. Uno de esos fotogramas sería por ejemplo justo este instante, y otro sería el momento en el que has abierto este blog. En general todos secuenciamos del mismo modo la percepción de esos fotogramas en “anteriores” y “posteriores”, dando lugar a nuestra concepción del paso del tiempo.

Pero, ¿es nuestra percepción eficaz en la ordenación de esos fotogramas? ¿Se puede estar totalmente seguro de que unos fotogramas fueron antes que el otro?. Se ha demostrado que por medios físicos (un golpe en la cabeza, por ejemplo) o químicos (algunas drogas) nuestra mente desordena o incluso borra fragmentos de esa secuencia de fotogramas espaciales. El tiempo se curva llegando a romperse y desprenderse fragmentos.

Por otro lado, no todos percibimos la realidad de la misma manera. Hay gente más intuitiva, cognitiva o sensible, que dicen percibir “cosas”: ver seres que otros no ven, soplos de aire, oír voces y en general todos aquellos fenómenos llamados paranormales, etimológicamente “al margen de lo normal”.

Si reflexionamos y somos capaces de alejarnos de la visión simplista del tiempo como un sereno tránsito de fotogramas uno detrás de otro, ¿por qué no pueden ser esas “paranormalidades” sencillas perturbaciones de esa secuencia? Personas debidamente sensibles pueden percibir en los fotogramas “actuales” incursiones de fotogramas “anteriores” o “posteriores”. Eso explicaría que en ocasiones una persona sea capaz de ver u oir a su bisabuela una vez ya fallecida, un fotograma “anterior” se ha colado en nuestra actualidad. O bien esos “seres” de grandes ojos y aspecto alienígena quizás sea el resultado de la evolución darwiniana del hombre y se trate de un fotograma de dentro de 5000 años.

Pensad en cualquier fenómeno paranormal que se os ocurra, tiene su debida explicación si nos convencemos de que el tiempo puede curvarse e incluso fragmentarse.

Evocador

viernes, 13 de julio de 2012

Non nobis, Domine, Non Nobis, Sed Nomini Tuo Da Gloriam.



Si hay un día fetiche en la historia del hombre ese es el viernes 13. Origen de fobias, final anunciado de monjes guerreros.

Tradicionalmente el origen se sitúa en el viernes 13 de octubre de 1307, día en el que bajo las órdenes de Felipe IV el Hermoso de Francia fue capturado un nutrido grupo de Caballeros Templarios, injustamente juzgados y condenados a la hoguera ante la impasividad del Papa Clemente V (quien 3 años más tarde los declararía oficialmente herejes). Lejos de mitos y leyendas, el trasfondo era el mismo de siempre: el dinero.

El motivo de su fundación fue el de proteger la vida de los peregrinos a Jerusalén. Sin embargo, en poco tiempo se convirtieron en un complejo entramado económico a golpe de bula papal. Un monopolio "libre de impuestos" en los viajes y mercadeo con Tierra Santa asentado en una serie de fortificaciones por todo el Mediterráneo y unas técnicas financieras que constituyeron una forma primitiva de los bancos modernos. Son proverbiales las riquezas y cantidades de dinero que manejaron, convirtiéndose en uno de los principales prestamistas de los reinos de la Europa Medieval.

Uno de sus más ínclitos acreedores, Felipe IV de Francia, en su pretensión de convertirse en el teórico líder espiritual y temporal de aquella Europa, les asestó un golpe que a la postre fue mortal de necesidad. No hay mejor forma de saldar una deuda que eliminando al prestamista, pensó. La ocasión se presentó a la muerte del Papa Benedicto XI. Felipe consiguió que en el  cónclave se nombrara Papa a una marioneta a su servicio que ni siquiera era cardenal, el arzobispo de Burdeos Bertrand de Got, cuyo nombre de pontífice fue Clemente V.

Siendo el líder de la cristiandad el propio Felipe IV a la sombra de Clemente V, no tuvo que esmerarse mucho a la hora de buscar una justificación para eliminar a los Caballeros Templarios. Los cargos fueron variados y muy imaginativos: herejía, sodomía, adoración a ídolos paganos, escupir y orinar sobre la cruz, adoración del Baphomet, etc.

Un día en el que sucintamente se conmemora el odio de un rey, la impasividad de un Papa, la victoria del dinero sobre el hombre, la injusticia y la muerte de personajes de leyenda, siempre es un buen día para inaugurar un blog.

Evocador