jueves, 24 de septiembre de 2015

El Gran Raimundo



Era un verano abrasador como pocos, los alacranes se tumbaban patas arriba desesperados en los cerros de arcilla implorando misericordia divina esperando que la canícula cesara, aunque fuera un poquito. Mi hermano tenía que llevarme a casa de mis abuelos desde la librería que mi madre tenía en la calle San Miguel y había dos opciones, el camino largo dando un rodeo por las calles de abrasador asfalto o acortando a través de los cerros recocidos por una calor inmisericorde. Yo era aún muy pequeño, no recuerdo si tenía 5 o 6 años y mi hermano, 5 años mayor, decidió tirar por el camino corto. En mitad de la asfixia de aquel paisaje sofocante surgió de entre las ondas de aire hirviendo la figura de un gitano borracho. Se detuvo justo frente a nosotros y dirigiéndose a mí me preguntó “Hola chaval, ¿cómo te llamas?”, pregunta a la que no sabía si responder siguiendo los sabios consejos de mis padres de no hablar con desconocidos.  Adelantándose a mis dudas mi hermano le preguntó al gitano que qué es lo que quería, a lo que él, tambaleándose por la melopea, sacó una navaja, se la puso en la cara y le dijo “le he preguntado al pequeño por su nombre, ¿me lo vas a decir?”. En cuanto vi la navaja oxidada el terror se apoderó de mí y apreté su mano con fuerza. Mi hermano, larguirucho y desgarbado, nada impresionante, soltó mi mano, me la puso en el pecho y me echó hacia atrás interponiéndose entre el gitano y yo. “Él se llama Alejandro, y yo Jesús, ¿nos dejas seguir nuestro camino?”. Creo que el gitano no se esperaba esa respuesta, porque inmediatamente reformuló la misma pregunta en un tono similar, pero esta vez dirigida directamente a mi hermano “¿Cómo te llamas chaval?, ¿Y el pequeño?”. Su estado de embriaguez le hizo repetir una y otra vez la misma pregunta no sé cuantas veces, 10, 15, 20 quizás, bajo un sol abrasador. El sudor corría por mis espaldas producto del pánico y de la asfixia, rodeado de una sinfonía de chicharras en Sol mayor. Pero mi hermano, con un valor que no sé de donde sacó, respondió una y otra vez con nuestros nombres hasta que por fin el gitano se apartó del camino y nos dejó seguir. Al llegar a nuestro destino lloré de miedo en brazos de mi abuela hasta que no me quedó ni una gota en el cuerpo. Mi hermano hizo lo mismo, pero escondido para que no le viera nadie, para que no le viera yo. Él fue el caballero de la triste figura que por primera vez en la vida me defendió con unos cojones que yo creo que ni él sabía que tenía.

Y es que mi hermano se pasó toda la vida chinchándome. Cuando me operaron de apendicitis el doctor dijo que por favor nadie me hiciera reír para que no me tiraran los puntos al hacerlo, podría abrirse la herida. Y el cabronazo de mi hermano se pasó los tres días que estuve hospitalizado haciendo mongoladas para que me descojonara de risa y me retorciera de dolor a la misma vez. Nuestros juguetes favoritos eran los clics de Famobil, teníamos cientos de clics, pero la joya de nuestras respectivas coronas eran mi castillo y su barco pirata. Él acostumbraba a poner nombres peculiares a todos y cada uno de sus clics y al vigía, al que vivía aupado en la cesta del mástil central le llamaba “El Gran Raimundo”, un clic con camisa roja y tricornio azul al que amaba. Yo tenía mi castillo perfectamente organizado, con soldados equidistantes distribuidos por las murallas, con cuidadores de caballos, comandantes, cocineros, príncipes, comerciantes y todo lo necesario para el discurrir de la vida en ese microuniverso medieval de plástico. Mi hermano era nervioso, caótico y desorganizado, todo lo contrario que yo, y mantenía que el caos y el desorden siempre vencerían al orden. “Solo necesito al Gran Raimundo para destruir tu castillo” era su grito de guerra; lo asía fuertemente con la mano y lo destrozaba todo con sólo ese clic hasta derrumbar las murallas del castillo y no dejar pieza sobre pieza. Esos eran los momentos en los que me iba llorando a mi madre a decirle que mirara lo que había hecho mi hermano, quien con amplia sonrisa se sentaba en el suelo orgulloso del caos que había organizado a su hermano el megaordenado. 

Los caminos del orden y del desorden en general tienen unas coordenadas precisas y divergentes, pero no se cebaron en el caso de mi hermano, quien a pesar de su mente caótica, sus tres paquetes de ducados al día, sus nervios infinitos y su culo de mal asiento le condujeron a una vida estable y familiar dentro de los márgenes de un razonable bienestar.  Ambos hermanos, el ordenado y el desordenado, viviendo a varios miles de kilómetros de distancia, moraban sus vidas dentro de sus cauces.  El hermano megaordenado no tenía suficiente con una carrera de ingeniería, tenía además que estudiar Historia, “eres gilipollas pero mola” me decía mi hermano. Mientras él disfrutaba de una placentera vida insular en la que trabajaba un día a la semana, el hermano gilipollas se sumergía innecesariamente en el estudio de las cosas pasadas.
 
Y es precisamente eso lo que estaba haciendo aquel 4 de junio de 2009 a las 17h, estudiar geografía descriptiva como un gilipollas, aquel día tocaba estudiar la agricultura y economía en el sudeste asiático. Tenía frente a mí aquel mapa con los iconitos del arroz, el trigo y todas esas cosas cuando sonó el teléfono. Era mi cuñada, menudo coñazo, que querrá ésta ahora que me va a interrumpir el estudio. Descolgué el teléfono de mala gana y aquella primera frase me taladró el cerebro “Ale, que tu hermano se ha muerto”. Recuerdo que se me cayó el teléfono al suelo, sentí una especie de mareo y vi el mapa del sudeste asiático moverse agitadamente sin saber porqué. En ningún momento pensé que se tratara de una broma, el tono de voz desgarrado no dejaba lugar a dudas. En ese momento la sombra del gitano borracho con la navaja oxidada se proyectó frente a mí, él y yo solos, sin nadie que me pusiera la mano en el pecho y me echara hacia atrás. Ahora era yo el que tenía que echarle cojones a la cosa. Porque fue a mí al que le tocó llamar a mi padre para decirle que su hijo mayor había muerto, una triste elegía narrada por la voz de su hijo pequeño. 

Mi hermano era una persona extrema. Comía en extremo, fumaba en extremo y bebía en extremo, no conocía ningún tono de gris. Su leitmotiv se resumía en el lema: “si hay chocolate, me como todo el chocolate”.  Su modo salvaje de vida le llevó un día a comerse ocho flanes Dhul de una sentada, sin cuchara, sorbidos directamente del plato, en homenaje al salvaje mayor, mi padre, que siendo joven apostó comerse veintidós huevos fritos de una sentada y venció. El deporte y mi hermano eran dos conceptos que formulados uno detrás del otro sonaban rarísimo, “los que hacen deporte son gilipollas”. Y a lo mejor llevaba razón, pero los que no lo hacen además tienen papeletas para funestos sorteos. Y a él le tocó el premio gordo. Estaba subiendo a un avión que le llevaría desde Tenerife a la isla del Hierro cuando se dio cuenta que había olvidado las gafas de sol en el coche, que para más inri era de alquiler. "Joder, tengo que recuperar mis gafas", y con su proverbial morro se plantó en la cabina del piloto y le dijo que ni se le ocurriera arrancar el avión, que iba a ir al coche en la otra punta del aeropuerto a recuperar sus gafas. Mi hermano, que una vez convenció a un musulmán de que se comiera un bocata de morcilla, también convenció al piloto de que no arrancara el avión, “sal echando hostias al coche que te espero”, y eso hizo. Corrió hacia el coche, cogió sus gafas, y de nuevo corrió de vuelta hacia el avión. Un kilómetro para allá y otro kilómetro para acá echando leches, un cuerpo a un mes de cumplir cuarenta años que no hacía deporte y que, ay el puto destino, nadie sabía que tenía un defecto congénito en el corazón. Empapado en sudor ocupó su asiento y súbitamente empezó a sentirse mal, muy mal. Con el avión despegando le dijo a la azafata que por favor le diera agua, ésta le dijo que esperara a que el avión se pusiera horizontal, pero mi hermano no podía esperar más porque su tiempo acabó ahí. La carrera para conseguir las gafas de sol le costó la vida, pues aquel defecto cardiaco dio la cara justo en ese fatídico momento y se le paró el corazón, una muerte súbita con el avión empinado elevándose a los cielos de Canarias. En los asientos inmediatamente delanteros casualmente iban dos cirujanos zaragozanos que iban a hacer pesca submarina al Hierro, e inmediatamente se dieron cuenta de la gravedad de la situación. Con el avión en vertical tiraron a mi hermano al pasillo e intentaron reanimarle mientras el avión giraba y volvía al aeropuerto Reina Sofía donde una UVI móvil ya esperaba en la misma pista de aterrizaje. Pero nada se pudo hacer. El alma de mi hermano quedó para siempre flotando en algún lugar sobre el océano Atlántico.

Sentí la punta de la navaja del gitano borracho penetrando mi garganta mientras le decía a mi padre que su hijo había muerto. Mi padre, esa roca humana, fría y disciplinada se enfrentó al peor mazazo de su vida, sobrevivir a un hijo poco después de haber superado él mismo un infarto. El gitano y yo estábamos solos en aquel cerro arcilloso y ardiente, ambos eramos los únicos que permanecíamos en pie, rodeados de personas que se habían desmoronado. Vi la angustia de todas las dolorosas del mundo encarnadas en los ojos de mi madre, vi como esa fabulosa roca humana fría y disciplinada se desparramaba por el suelo hecha barro, vi a mis abuelos hundidos ante la desaparición de su primer nieto “el caótico”. En aquel momento comprendí la evolución de la psique infantil al ver la reacción de mis dos sobrinas ante la muerte de su padre. La mayor, de siete años, fue consciente de todo lo que estaba pasando, ¿y cómo se consuela a una criatura así ante semejante drama?. La pequeña, de cinco, aquel día lloraba por empatía, porque lo hacía su hermana, pero no comprendía el motivo, tarde o temprano su padre aparecería por algún lado. Hoy día no se acuerda de nada. Aquel día comprendí que vivimos en un mundo donde a la vuelta de la más insospechada esquina puede hacer acto de presencia tal dolor que puede llegar a volverte loco.
Días antes mi hermano me había llamado por teléfono mientras estudiaba los primeros temas de geografía descriptiva, se aburría en el trabajo y me llamaba para contarme movidas asombrosas que pasaban por su cabeza, y podía ponerse increíblemente coñazo. Decidí no cogerle el teléfono, “tengo que estudiar y voy a perder una hora con el pesao de mi hermano, ya le llamaré luego”. Y no le llamé. Esa habría sido la última vez que hubiera hablado con mi hermano, pero una vez más puse la Historia por delante de todo y de todos. Efectivamente él tenía razón, fui un auténtico gilipollas con la mierda de la Historia. Esa negativa a coger el teléfono a mi hermano, y haber oído su voz y sus paranoias por última vez me tortura desde entonces. Y es que aquel 4 de junio fue el día en el que un tornado pasó por mi vida arrasando todo lo que había, fue el día en el que el gitano borracho sonrió complacido por verme al fin solo, sin figuras de autoridad, indefenso. Porque en la vida llega un momento en el que ya no puedes ir corriendo a llorarle a mamá porque alguien ha destrozado tu castillo, ni nadie te va a poner la mano en el pecho apartándote del peligro para defenderte de él. Es ese punto de la vida en el que ya no van a tirar de ti, te tienes que bajar del carro, ponerte delante y tirar tú de él, como un buey con una yunta que pesa una tonelada frente a un camino ardiente que te quema los pies y cuyo horizonte está emborronado por el aire hirviente que se eleva delante de tus ojos. 

Meses después del entierro me afané en la búsqueda del Gran Raimundo, enmarcada en una descorazonadora persecución de fetiches que avivaran el recuerdo de mi hermano. Y le encontré, poniendo así la primera piedra de mi conversión en evocador de su vida y milagros. También me apliqué en la consecución de un libro, el Santoral escrito por Luis Carandell, que mi hermano anhelaba y nunca tuvo por estar descatalogado. Porque resulta que él adoraba bromear con la vida de los santos, "menudo gilipollas hacer bromitas de ese tipo" pensaba yo. También lo encontré, de segunda mano gracias a internet, herramienta en la que él estaba bastante pez. Por otro lado, en los cómics se suele representar a los muertos de color azulado y con dos X en los ojos. Esa imagen superpuesta a algo tan presente y perenne en mi vida como Pink Floyd y su fundador Syd Barret forjaron la idea. De fondo un drama, una muerte, una angustia, un disparo en mitad del alma que vierte sangre sobre el suelo. Y tetas, porque otra cosa no, pero mi hermano tenía auténtica devoción por las tetas bien grandes.

Desde que encontré al Gran Raimundo duerme todas las noches a mi lado, en mi mesita de noche velando mi sueño. Porque aunque ya nadie vaya a defenderme de las navajas oxidadas que el destino quiere hundirme en el cuello, aún existe un pequeño pirata de camisa roja que me ayuda a recoger diariamente las lágrimas condensadas del más profundo amor por mi hermano.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Mala cabeza


 Publicado en el blog https://dekrakensysirenas.wordpress.com el día de San José de Cupertino de 2015


El corazón va por delante y la cabeza va por detrás, o lo que es lo mismo, lo que tu corazón siente hoy tu cabeza lo entenderá mañana. El corazón vive al día y la cabeza lo hace bajo los efectos de una célula de retardo de veinticuatro horas, un desfase cardiocefálico que la transforma durante un día en una mala cabeza, una cabeza con deseos de sincronía, con los riesgos que eso conlleva: dejarte las llaves puestas en la puerta de casa, dejar la olla exprés en el fuego y que estalle destrozándote la cocina, que parte de ti inunde una garganta sin avisar o que pises una margarita sin darte cuenta de que tiene un número par de hojas. Durante veinticuatro horas estamos a merced de ese desequilibrio; el corazón ya puede estar latiendo desbocado que igual la cabeza está un poco así, a su rollo, tratando de hallar la sincronía desencriptando lo que está ocurriendo desde el punto de vista de la quietud, la frialdad y la equidistancia.

Confucio se puso muy pesado con la necesidad de tener el corazón caliente y las manos largas siempre y cuando la cabeza permaneciera fría. Nada de retardos de veinticuatro horas, y nada de manos cortas. Si subimos nuestro corazón a la cuadriga de Mesala, uno de los pocos ejemplos de caballo del malo que es rapidísimo, conseguirá ponerse en paralelo a la de Ben-Hur, quien va en cabeza, y le destrozará las ruedas con las cuchillas que salen de sus ejes. Un corazón palpitante y desbocado que se encara a tu cerebro te lo va a joder, no tengas la menor duda, por lo que a priori parece sensato que dejes que tu cabeza viva con serena complacencia su asincronía cardial.

Una buena cabeza va a querer asomarse y mirar al cielo, una mala cabeza va a querer meterlo dentro de ella. Y es que es muy tentador tener un cielo en la cabeza. Uno o varios, porque Dante nos habló de la existencia de muchos cielos, y él tenía metida en su cabeza a Beatrice, su cielo, el origen de su mala cabeza y de su poético pene erecto. Virgilio ya se dio cuenta de eso, la tienda de campaña en la túnica de Dante mientras dormía no dejaba lugar a dudas. Y qué tienda de campaña, señor. Incluso Virgilio se puso un poco tonto y dudó si tornar su buena cabeza en una mala cabeza.

Nuestra cabeza es redonda para permitir al pensamiento que cambie de dirección cuando le apetezca, pensamientos omnidireccionales, y sin embargo vivimos rodeados de malas cabezas que deciden ser unidireccionales, que no se animan a dejar la senda a la que fueron fijados desde pequeños. Estamos rodeados de personas de una sola dirección, que no se abandonan, que guardan fidelidad justo a lo que no hay que guardarla. Es la gente gris, la de las manos cortas, el corazón frío y la cabeza parlanchina; no tienen una cabeza mala sino una pobre y triste cabeza.

A pesar de que la cabeza es esférica no es ella quien lleva la corona del deseo, la lleva el corazón que es el que habla, bla bla bla bla bla, todo movidas coronarias sin cesar. Los corazones charlatanes hay que dejarlos hablar todo lo que quieran, pero eso sí, siendo siempre conscientes de que es a la cabeza a quien realmente tenemos que escuchar. El problema se nos plantea cuando escuchamos con atención a la mala cabeza, a la del retardo de las veinticuatro horas, a la de las manos largas, a la de la tienda de campaña dantesca y la que lidia con el corazón coronado y parlanchín. Un problema planteado en una mala cabeza con un cielo ingrávido en su interior la convierte en un globo de helio que pretende elevarte hacia el más alto de los placeres olímpicos.

lunes, 31 de agosto de 2015

Josefa María de las Llagas de Jesús Crucificado


El primer día en el que realmente fue consciente del nombre que le habían puesto sus padres maldijo cielos y tierra. Y es que hay que ser muy cabrón para ponerle de nombre a tu hija Josefa María de las Llagas de Jesús Crucificado. No teniendo bastante con eso, Josefa María de las Llagas de Jesús Crucificado, a la que a partir de ahora nos referiremos por comodidad como Josefa, tenía problemas con la reflexión de la luz. Josefa estaba borrosa, si la mirabas fijamente la veías como a través de los agujeritos de una media puesta en la cabeza, como se veía Sara Montiel en la tele, glamourosamente difuminada pero sin trucos. Por si fuera poco tenía el pelo muerto, la piel blanca como la cal y sólo era feliz poniéndose la ropa de su abuela, una diminuta señora llamada Inegunda que medía 1,40m.

Josefa María de las Llagas de Jesús Crucificado tenía una relación muy especial con la sangre de la gente, soñaba con bañarse en ríos de sangre humana para poder sentirse algo viva. Pasaba los días observando el casi imperceptible palpitar de la aorta en los cuellos de los vecinos del pueblo. Ni que decir tiene que nunca había probado esa sensación, era una sanguinaria cobarde, depresiva y difusa, no había matado a nadie. Aún. Cuando era pequeña se divertía crucificando gallinas en las puertas del corral y clavándole cuchillos evocando al tal Longinos. Se lo pasaba superbién. La putada fue cuando la pillaron, no sólo porque se le acabó el rollo, sino porque su padre tuvo que pagar al dueño todas y cada una de las gallinas torturadas, y dicho cargo se lo pasó a su hija traducidas las pesetas en hostias.

Ya de adolescente Josefa pensó que ya que era una cobarde para matar a personas y bañarse en su sangre, quizás sí que era valiente para dar vida a otras. De semejante razonamiento irracional nació de inmediato su obsesión por quedarse embarazada, de quien fuera, daba igual. Trazó un plan cuya belleza radicaba en su sencillez: ir a un pub, acercarse a algún chico guapo de la barra, invitarle a una copa y decirle que la dejara preñada allí mismo. No podía fallar.

Un 23 de julio, con una calor que te cagas, Josefa María de las Llagas de Jesús Crucificado se dirigió al pub Sueños 3 que había en el pueblo para poner en marcha su plan (el Sueños 1 y 2 los cerró Sanidad debido a una plaga de chinches y cucarachas azules). Estaba espectacular con su pelo pegado a la cara, una camisa raída de su abuela con las mangas que le llegaban al codo y una falda negra de raso. Por supuesto iba sin bragas, no se podía parar a perder el tiempo en nimiedades. El enjambre de clientes que pululaba por el Sueños 3 era tal que Josefa pasaba completamente desapercibida a pesar de su efigie borrosa y difuminada. Allí había gente con la cara tatuada de piel de leopardo, gente que se había trasplantado el cerebro a la palma de la mano para poder dar hostias razonables, osos pardos con sus oseznos tomando zarzaparrilla y personas ingrávidas que flotaban por la estancia descojonadas de risa pasándoselo superbién como globos llenos de helio.

Josefa rápidamente advirtió que un chico guapísimo estaba en la barra, solo y sin beber nada, mirando a la nada. ¿Te puedo invitar a una copa? le dijo, y él aceptó rápidamente pues no tenía dinero, un vodka con zumo de naranja por favor. Marchando. Se bebió media copa de un trago, y en cuanto intentó sin éxito enfocar la cara de Josefa se bebió la otra media del tirón. Sin tiempo para que el vodka hiciera efecto en su organismo, Josefa María de las Llagas de Jesús Crucificado se lanzó en tromba y le arrojó sus intenciones a la cara: “Oye, que necesito que me folles y me dejes preñada aquí y ahora mismo”. Los ojos de él se mantuvieron dentro de las cuencas de milagro, pues del susto que se llevó casi se le salen, pero eso sí, la presumible contención muscular que los cuerpos comedidos ejercen ante la sorpresa no pudieron evitar que el vaso del consumido vodka con naranja se redujera a añicos ante la presión de su mano crispada, clavándose cientos de esquirlas de cristal en la palma. La sangre empezó a chorrearle por los brazos, por la barra del bar, goteando en el suelo. Pronto se formó un inmenso charco de sangre, y es que aquel hombre padecía una rara dolencia que consistía en la generación ilimitada de sangre por defecto de plaquetas y exceso de inmortalidad. Por favor, dijo él, búscame unos puntos de sutura porque como no cierre las heridas de la mano vamos a morir todos ahogados en mi sangre. Los que flotaban ingrávidos se carcajeaban de los que se subían a las mesas y a las sillas para evitar mancharse de esa inundación sanguinolenta que estaba empezando a preocupar a la clientela del Sueños 3. 

Josefa reaccionó con prontitud a aquella escabechina, desgarró la vieja camisa que llevaba puesta de su abuela y le hizo un eficacísimo torniquete que en cuestión de segundos detuvo la hemorragia que ya estaba alcanzando niveles de manguera de bomberos a toda presión. El desgarro de la camisa dejó a la vista sus enormes tetas blancas cual monja de clausura, que salpicadas de sangre provocaron una inesperada erección en aquel chico guapísimo. ¿Cuál es tu nombre, guapo? Todos me llaman Jesús, aunque mi nombre real es Dulce Nombre de Jesús Transfigurado en su Gloria. Conforme Jesús iba desgranando uno a uno los títulos que conformaban su verdadero nombre, Josefa notaba como el amor iba licuándose por el interior de sus muslos hacia abajo. Sin duda era el hombre de su vida. Pues yo me llamo Josefa María de las Llagas de Jesús Crucificado y ya no quiero que me dejes preñada, quiero que me llenes la bañera de casa de sangre para bañarme en ella a ver si así dejo de estar borrosa. Qué digo bañera, me vas a llenar la piscina de mi vecina de sangre para nadar y hacerme unos largos. La única pega, el único problema que veo así a priori es que tendremos que matarlos a todos, porque no creo que les parezca bien que yo, su vecina la rara, venga así de buenas a primeras a llenar su piscina de sangre humana y nadar plácidamente como si tal cosa. No te preocupes Josefa María de las Llagas de Jesús Crucificado, los mataremos a todos juntos tú y yo, y viviremos nuestra vida de una forma sangrienta y difuminada, el sentido de mi vida es el de la expulsión de hematíes, no concibo la vida sin dejar hematíes míos por todos lados. Y sin tetas, unas bien blancas y bien gordas tampoco.  Ays que bien Jesús, no sabes cuanto te quiero. Y yo a ti, Josefa, y yo a ti.

Y fueron perdices y comieron felices.

viernes, 28 de agosto de 2015

Hablame / Inspira el aire



Creo que tenía unos 13 o 14 años cuando sucedió lo que voy a contar a continuación, es decir, de esto hace más de 25 años, por lo que espero disculpéis de antemano las lagunas. Estaba solo en casa, mi hermano ya vivía en Granada haciendo sus estudios de físicas y mis padres se habían ausentado, probablemente para ir a misa porque creo que era domingo, y yo, tras la clásica discusión con mi padre por mi negativa a acompañarles, me quedé en casa escuchando Radio 3. 

Escuchaba un programa del cual no recuerdo el nombre, su contenido se centraba en palabras contenidas en títulos de canciones. El locutor elegía una palabra, por ejemplo “Recuerdo”, y pinchaba algunas canciones cuyo título contuviera esa palabra: “Recuerdos de una noche” de Triana, “Entre mis recuerdos” de Luz Casal, etc.  A continuación se  abrían los micrófonos al público, entraban llamadas en directo donde los oyentes apuntaban canciones que contuvieran esa palabra y que el locutor no hubiera contemplado en su selección. 

Pues bien, aquella mañana la palabra elegida era “Respirar” o similares. Fui escuchando atentamente todas las canciones que iban poniendo que contenían esa palabra, una tras otra, y después la de los oyentes, y mi sorpresa cada vez era mayor porque a nadie se le había ocurrido poner “Breathe” de Pink Floyd, la primera canción del magistral The Dark Side Of The Moon. Miré al teléfono fijo, ese modelo Teide blanco viejuno que teníamos entonces en casa, tenía el número del programa, quería llamar, DEBÍA llamar, pero estaba cagado de miedo, me daba una vergüenza que me iba a morir. 

Hice de tripas corazón y llamé, el teléfono en una oreja y un auricular del equipo de música en la otra. Cuando me escuché a mí mismo en la radio me entró una especie de sudor frío, me moría de miedo a hacer el ridículo con un tesoro tan valioso entre las manos como esa canción de Pink Floyd frente a las mierdacas que estaban poniendo. En cuanto escucharon mi tono de voz el locutor me dijo “ay, ¿cuántos años tienes bonico?” y le dije los que tenía, no recuerdo, pero creo que aún estaba en EGB, se notaba claramente que era un niño. Cuando me preguntó por la canción le dije que si importaba que fuera en inglés, y me dijo que no importaba, y le dije “Breathe, de Pink Floyd”, a lo que el locutor hizo un sonido de aprobación diciendo “¡claro!, está el programa a punto de acabar y nadie había hablado de ella, me alegro que hayas sido tú, pero no se llama “Breathe”, se llama “Speak to me/Breathe (in the air)” ¿te lo ha dicho tu mamá o tu papá?” y yo respondí “¿CÓMO?, estoy solo en casa y he sido yo solito el que la he seleccionado, escucho tu programa todas las semanas”. Se oyeron risas de fondo y me sentó realmente mal, no solo porque no me creyeron sino porque no había dicho el título de la canción correctamente, y odio equivocarme. A continuación y para quitar hierro al asunto me preguntaron que qué tiempo hacía por mi pueblo, les respondí que llovía a mares (mientras veía el sol lucir esplendoroso a través de la ventana del salón de mi casa) y colgué. Seguí escuchando por los auriculares los comentarios jocosos sobre ese crío al que alguien presuntamente había chivado esa canción de Pink Floyd. 

Y pusieron la canción, esa canción, ese disco y ese grupo que me ha acompañado toda mi vida. Llevaba bastante tiempo sin oírla y lo estaba deseando. No tenía el vinilo (no tenía pasta), tenía una cinta grabada que mi hermano se había llevado a Granada sin hacerme una copia, porque no teníamos cassette de doble pletina. El CD era entonces objeto de lujo y yo no tenía ni uno solo, ni reproductor de CDs tampoco. Cuando empezó a sonar la primera parte del “Speak to me”, con los latido del corazón, la respiración, los gritos, el dinero, el tiempo sentí lo que llevo sintiendo desde siempre que me enfrento a esa canción: placer en flotación.

Nací justo entre el “The Dark Side of the Moon” y el “Wish You Were Here”, éste último lo compró mi padre cuando yo tenía un añito, un añito horroroso para mis ellos, pues era el típico niño porculero que no dormía ni un solo minuto por las noches. Chupetes mojados en miel, azúcar y leche condensada de forma alternada, cuerdas atadas al pomo de la puerta para facilitar la oscilación de la cuna, muñequitos de diversos tipos… mis padres ya no sabían que hacer para que dejara de llorar, porque los diversos pediatras que me veían decían que no tenía aparentemente nada malo, que sencillamente era así de insomne y de coñazo. Hasta que un día a mi padre se le ocurrió pinchar “Shine on you crazy diamond” mientras intentaba dormirme en brazos.  Según él en cuanto empezó a escucharse ese progresivo surgir de la música desde el silencio, esa guitarra, mi cuerpo empezó a relajarse, a destensarse, y me quedé dormido. Me puso en la cuna, la acercó a los altavoces y ahí fue donde me tragué por primera vez el Wish you were here enterito, en silencio, en paz. Ese fue el inicio de mi relación vital con Pink Floyd.

Pocos años después del evento del programa de radio que acabo de contar, tendría unos 15 años, dos chicas “luchaban” por salir conmigo. Ambas querían impresionarme haciéndome el mejor regalo que jamás me podría hacer nadie. La primera era (y es) pianista y sabía que adoraba a Mozart, especialmente la sonata 11 K.331. Durante un mes estuvo ensayando en secreto para tocarla para mí, desnuda. Con la distancia de los años me parece casi obsceno recrearme en la imagen de aquella niña con cuerpo de mujer plena, sentada frente a su piano tocando para mí los más de 20 minutos de esa bellísima sonata. Aquel regalo me sublimó, me encantó, me invadió la misma sensación de siempre, la de porqué se molesta alguien en hacer algo así  para mí que no soy nada.

Sin embargo fue la segunda chica la que dio en el clavo con un regalo aparentemente menos espectacular: mi primer CD, el The Dark Side of the Moon, en contubernio con mi padre que acababa de comprar un reproductor para nuestro equipo de música. Recuerdo perfectamente aquel día en el que mientras mis padres veían en sus correspondientes sofás el telediario yo me senté en el suelo, detrás de ellos, enchufé los auriculares y escuché por primera vez con nitidez extrema el sonido de un CD, y no cualquier CD, sino aquella joya por la que suspiraba, por la que pasaba horas sentado en el suelo diseccionando la carátula mientras mis padres hacían su vida ajenos a mi sereno placer acústico. Aquella chica, la que me regaló el CD, fue mi primera novia seria con la que estuve muchos años hasta que la curvatura del tiempo y la madurez nos lanzó por caminos distintos de la vida.

Moraleja: Si alguno de vosotros conocéis el nombre de aquel programa de radio o de aquel locutor por favor decidle que la canción la elegí YO SOLITO.











lunes, 24 de agosto de 2015

Un segundo

Publicado en el blog https://dekrakensysirenas.wordpress.com el día de Santa Rosa de Lima de 2015

Es el segundo en el que se detiene el tiempo, el segundo en el que se concentra toda la eternidad y la respiración cesa. Los músculos se tensan sin posibilidad alguna de defensa ante el ataque masivo de placer que estamos a punto de sufrir. Es el segundo en el que los pájaros hunden su cabeza hasta el fondo de la negra flor que se abre extasiada en su máxima amplitud. Es ese instante en el que las personas flotan y concentran todos sus sentidos en la pasión hedonista del disfrute más absoluto. Es el momento húmedo por excelencia, justo ese instante en el que los sabores cambian, las extremidades se entumecen, la piel se agolpa bajo las uñas, las sábanas se empuñan con fuerza y la mente se deshace de todo lo ajeno a la celestial consecuencia del deseo. Es ese el segundo que condujo a Satie a desencriptar los rayos de luz del amanecer y a Bach a conciliar el sueño de Goldberg.

Es ese segundo en el que las pasiones se entrelazan y se anudan en algo que dura para siempre, el amor fugaz que pretende y desea ser permanente, duradero y verdadero. Es ese instante el lapso que separa la unión de la eternidad, el antes del después, la inundación de la sequía, el derrame y el colapso. En ese segundo conseguimos recorrer largos trechos de ida y vuelta hacia tierras legendarias de antiguos faraones. En ese momento las pieles erizadas dejan de friccionar como premonición de lluvia. El segundo en el que olvidas que yaces en un colchón tirado sobre el suelo en una vivienda huérfana de todo tipo de mobiliario. Ese instante de silencio que hace enmudecer el estruendo de la calle, el segundo en el que las manos se crispan y arrancan los gemidos rojos del alma. La rigidez del amarillo cede justo en ese momento en el que las gotas de sudor condensadas arquean la espalda. Es ese instante en el que con los brazos en cruz dejamos caer nuestro cuerpo hacia atrás sobre un campo lleno de flores multicolor.

Ese es el segundo que demuestra que llevamos toda la vida esperando compartirlo juntos, y los posteriores, y los anteriores a través de hechizos que volteen el tiempo que tuvimos que estar unidos y lo malgastamos en otras vidas. Porque no hay nada en nuestro interior que quiera que ese segundo termine. Es la pasión y el amor encerrados en la cárcel del espacio-tiempo que nos separa lo que hace que el segundero nunca avance y se quede estancado justo ahí, en las bocas entreabiertas, en los ceños fruncidos, en la desesperación del amor salvaje que cabalga sobre nuestras espaldas.

Es ese segundo en el que quiero vivir para siempre dentro de ti.

martes, 14 de abril de 2015

Una visión bíblica del aborto

Hoy se debate en el Congreso de los Diputados la polémica reforma de la ley del aborto, concretamente el apartado relativo a que las menores no puedan interrumpir su embarazo sin permiso paterno. Dicho debate se desarrollará con la oposición de algunos diputados del PP que piden una revisión más radical del texto, una revisión que directamente considere que el aborto no sea un derecho de las mujeres

Es conocido que en el seno de los partidos conservadores en general y del PP en particular existen elementos ultracatólicos teñidos de un cierto fundamentalismo rancio y autoritario que pretenden colocar a la mujer "en el sitio que le corresponde", es decir, el que todas las religiones monoteistas reservan a la mujer, un papel secundario e instrumental. Es su visión de la Palabra de Dios.

La Biblia es un libro fascinante por muchos motivos. Es un conjunto de textos de distinta antigüedad que según las religiones judía y cristiana (y en parte la islámica) transmiten la Palabra de Dios, lo que en ella está escrito es sagrado y es una verdad irrefutable e infalible. Lo mejor que puede hacer una persona en su vida es leer la Biblia y aprender de lo que nos cuenta.

A mí me gusta leer la Biblia a veces, es muy bonita, y quiero hacer una reflexión abierta sobre el texto que encontramos en el libro del Éxodo 21:22-25 que dice así:

"Si algunos riñeren e hiriesen a una mujer embarazada y ésta abortare, pero sin que ella muera, será penado conforme a lo que le impusiere el marido de la mujer y juzgaren los jueces. Mas si hubiere muerte de la mujer, entonces pagarán vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe"

Si leemos atentamente este texto vemos que la Biblia establece una diferencia de juicio en el caso de la muerte de un feto o de la muerte de una persona, la madre en este caso. Si muriere la madre, el castigo es el convencional de la época, la “justicia divina” o ley del talión. Sin embargo si es el feto quien muere sin que muera la madre el castigo es más laxo, quedando en manos de la “justicia humana” o sea, el marido y los jueces. Según este párrafo Dios enseña a los creyentes que feto y persona no son la misma cosa, de ser así el castigo debería ser idéntico en ambos casos.

Ahora vuelvo mi mirada a todos esos anti-abortistas católicos que enarbolan banderas y pancartas con lemas del tipo "ABORTO=ASESINATO". Miren ustedes, no, el aborto no es un asesinato, un feto no es una persona, una pipa no es un girasol y una bellota no es un roble. Me pregunto si esta gente tan religiosa y católica se ha leído la Biblia y en caso afirmativo si creen que su Dios se equivoca en ese párrafo del Éxodo. Personalmente creo que lo que esta gente quiere es que todos pensemos como ellos, actuemos como ellos y se castige al que ose no hacerlo. 


lunes, 9 de marzo de 2015

No profanar el sueño de los Mytilidae


Aquella noche tampoco tenía hambre, los sucesivos sinsabores que iba planteándole la vida poco a poco le iban restando las ganas de comer. También creía firmemente en la teoría de que cuantos más años cumples menos comida necesitas, pero sea como fuere algo tenía que cenar. Al abrir la despensa, entre la penumbra, una sensual lata de mejillones en escabeche le hacía ojitos de forma muy insinuante. Esos mejillones eran buenísimos, los compró en la tienda de delicatesen de aquella esquina donde alguna vez se comió el ramo de flores que pensaba regalarle a aquel amor evaporado. Al extraerla de la caja de cartón la doradísima lata resplandecía como si la hubieran abrillantado una cuadrilla de zíngaros abetunados. Inmediatamente sintió la necesidad de apoyarla en la repisa de la cocina sobre un trozo de papel de cocina intentando preservar su pulcritud. Aquella lata sería su cena.

Tenía vino, tenía pan y tenía aquella seductora lata de deliciosos mejillones, la noche poco a poco parecía que iba a enderezarse. El hambre, al que ya no esperaba, hizo acto de presencia de la mano de una amplia sonrisa de complacencia. Tras unos instantes de contemplación y preparación de todos los avíos introdujo su dedo índice en la anilla y tiró de ella suavemente. La superficie de la tapa lentamente iba curvándose dejando al descubierto el contenido de la tentadora lata . Pero se presentó un problema, el extremo final de la tapa estaba fuertemente pegado a la tapa, un solo milímetro de unión entre ésta y el resto de la lata la separaban de la emancipación definitiva. El único modo de desprender la tapa definitivamente era aplicando un poquito más de fuerza, no demasiada para que la lata no volcara, y así fue, tiró y un sordo “clac” desgajó para siempre la tapa de la lata. Pero ocurrió algo.

El “clac” de la tapa se transmitió al escabeche en el que los mejillones plácidamente disfrutaban de su eterno baño, rompiendo la tensión superficial del mismo lanzando una minúscula gota al aire en dirección vertical, justo hacia el centro de la pupila del hambriento protagonista de nuestra historia. La gota de escabeche, compuesta en su mayor parte por vinagre, aceite y pimentón, impactó de lleno con el globo ocular derecho lanzándole hacia atrás como si hubiera recibido un directo en el ojo. Casi sin tiempo para recuperarse, apreció unas extrañas sensaciones que se apoderaron de él como el que de pronto se sumerge en una oscura tinaja de onirismo y caldo de aceitunas. Los sones de “Flor de Pasión” que religiosamente escuchaba cada noche se iban alejando y colmándose de gravedad, la realidad se alejaba de él y, sin entender nada, notaba cómo la vida se le derramaba piernas abajo. Justo antes de caer al suelo notó que su barba se había transformado en filibranquios, el manojito de pelos ese que llevan los mejillones, el chándal que llevaba se había endurecido hasta formar una cocha y el aire, que de forma súbita se había transformado en agua, entraba y salía por lo poco que quedaba de sus orejas. 

Las grietas de los cristales de la cocina anunciaban la enorme diferencia de presión existente entre el exterior, en plácida noche cerrada y el interior lleno de agua, convirtiendo la casa en una suerte de pecera gigante. El cajón de los cubiertos se había abierto y como por arte de magia los peces-tenedor se fueron nadando hacia otra estancia donde no les obligaran a pinchar nada. A continuación los peces-cuchillo, amenazantes, empezaron a nadar entorno a él, el gran mejillón gigante, orbitando en búsqueda de su mejor oportunidad. 

Él aún no estaba muy hecho a su nueva condición de ser bivalvo, pero sabía que tenía que salir de allí. Abrió y cerró su caparazón aconchado rápidamente para intentar huir de la cocina en dirección al salón, donde los muebles flotaban pegados al techo, sin un ápice de aire en toda la casa. Una de las cosas que más le llamó la atención es que las lámparas aún seguían encendidas, por lo que pudo ver con claridad la sórdida batalla entre la alfombra-raya y la tortuga-televisión. Aquel salón donde hasta entonces se había desarrollado gran parte de su vida se había convertido en un lugar hostil, no podía permanecer durante más tiempo pues sentía amenazada su recién estrenada existencia de molusco. Sin embargo y a pesar de todo, la verdad es que se encontraba muy bien, total, su vida de humano le estaba empezando a cansar y quizás un cambio de aires, de aguas en este caso, le vendría muy bien.

Cuando el pequeño banco de peces-cuchillo abandonó la cocina en busca de las plantas superiores de la casa pensó que era un buen momento para volver y establecer relaciones con sus congéneres de la lata de mejillones que previamente iba a cenar. Dado que la densidad del agua es menor que la del escabeche y que los mejillones estaban súper bien en su jacuzzi dorado ninguno se había movido de su sitio. Nada más llegar le hicieron un hueco y se puso a charlar con ellos, eran gente enrollada, ni siquiera el hecho de que fuesen a ser devorados por él en su anterior forma humana distorsionaban la armonía que casi de inmediato surgió entre ellos. Le aceptaron en la lata con los filibranquios abiertos, le pasaron un cóctel de laurel y pimienta que flotaba en el escabeche y cerraron la tapa de nuevo dejando colgado de la anilla un minúsculo cartel que rezaba “No molestar”.